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LA MANERA EN QUE EL DISCIPULO CRECE: La obligación financiera del discípulo (2)

Fecha:

Base bíblica: Lucas 6:38

Contenido:

  1. El respaldo financiero a la causa de Cristo
  2. El error de la avaricia cristiana
  3. La fiebre del oro en la Iglesia
  4. Aclarando la confusión.

Introducción

Toda empresa humana requiere de finanzas para alcanzar sus metas. De hecho, el éxito financiero de una organización es requisito indispen­sable para la eficiencia de su desempeño y la conquista de sus propósi­tos.

Quienes tienen interés en alcanzar los objetivos de su empresa saben que deben esforzarse por conseguir los fondos necesarios para su de­sempeño. Aunque de origen divino, la iglesia de Jesucristo es una em­presa que Dios ha puesto en manos humanas.

Es cierto que la ayuda divina está comprometida y garantizada, pero la manera en que Dios provee las necesidades materiales de la iglesia por medio de su providencia. Dios se vale de los componentes humanos de su iglesia para proveer las necesidades materiales de aquellos que la integran. Ese es el principal medio de apoyo financiero de la causa de Cristo.

El discípulo de Jesucristo adquiere una gloriosa obligación finan­ciera con su causa, lo que le lleva a desempeñar un papel importante en la extensión del reino de Dios sobre la tierra.

En esta lección veremos cuál es la obligación del discípulo en el sus­tento de la predicación del evangelio.

1. El respaldo financiero a la causa de Cristo

Generalmente se espera hasta que el discípulo lleve bastante tiempo en su caminar cristiano para entonces hablarle de los compromisos que debe asumir con la causa de Cristo. Esto obedece al temor a que un nue­vo creyente se desanime y se ofenda cuando se le pida su contribución personal. Se teme que el discípulo piense que la iglesia -y particular­ mente sus líderes- le quieren privar de su dinero, aprovechándose del in­terés religioso del discípulo para enriquecerse ellos.

En realidad, esta es la acusación principal que los enemigos de la causa de Jesucristo dirigen en contra del evangelio. Quieren asustar a los nuevos conversos con el potencial abuso a que serán sometidos por los líderes de la iglesia, que buscarán su dinero para provecho propio. Infortunadamente, algunos hacen caso a estas acusaciones y se alejan sin comprobar la falsedad de tales cargos. Sobre todo, nunca llegan a ex­perimentar el efecto contrario que se produce cuando un discípulo de Cristo se involucra financieramente en el sostenimiento de la causa del evangelio.

Lo cierto es que cuando un discípulo se convierte en un “dador ale­gre ” experimenta el amor de Dios en dimensiones mayores, traducido en mejores beneficios y abundantes bendiciones. No es la iglesia, sino Jesucristo mismo quien estableció el deber de compartir nuestros bie­nes con otros:

“Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosan­ do darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que me­dís, os volverán a medir ” (Le. 6:38).

Una versión contemporánea de la Biblia traduce este pasaje de la si­guiente manera: “Den a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Con la mis­ ma medida con que ustedes den a otros, Dios les devolverá a uste­des.’^ DHH).

El principio que se establece es este: si un cristiano comparte de sus bienes y provisiones por amor a Dios y compasión por otros, su acción quedará recompensada. Dios le devolverá lo que aporte en la misma proporción con que lo entregó, midiendo esa retribución según los pa­ trones divinos, no conforme a las medidas humanas, que frecuente­ mente son falseadas, alteradas, y fraudulentas. Esto indica que el que da de sus bienes por amor a Dios y a otros, no se empobrecerá nunca, sino que Dios se encargará de que reciba suficiente provisión para sus nece­sidades y que nunca le falte aquello que entregó a otros. Además de es­ to, tal acción complace tanto a Dios, que le inclina a añadir bendiciones al esfuerzo del creyente dadivoso. Estas bendiciones son de orden mate­rial y espiritual, Dios es rico en su provisión para el discípulo fiel.

2. El error de la avaricia cristiana

Algunos maestros bíblicos enseñan por estos días una cuestionable fórmula de enriquecimiento. Tomando como base esta declaración de Jesús y agregando algunos otros versículos bíblicos, le aseguran a los creyentes que la mejor manera de multiplicar sus entradas financieras y sus posesiones materiales es entregándole a ellos su dinero, sus casas, su bienes. Apoyan sus reclamos en una mala utilización del principio bí­blico de siembra y cosecha, alimentando en los creyentes una ambición y una codicia “cristianizada”. De este modo, hay muchos creyentes que se interesan por “sembrar” lo que tienen para que Dios les devuelva mu­ cho más y les supla lo que no tienen ni pueden alcanzar por medios pro­pios.

Esta es una crasa equivocación que ha producido mucha confusión y mucha destrucción en aquellos creyentes que la siguieron. Se han puesto a mercar con Dios, dándole para que Dios les dé, y en vez de reci­bir, se han empobrecido aún más. Las “semillas” que supuestamente sembraron fueron a parar al granero de alguien que no tuvo compasión de esta ignorancia, sino que se alimentó de ella.

3. La fiebre del oro en la iglesia

La historia de un país vecino registra los desastrosos efectos que pro­dujo la avaricia de aquellos que salieron en busca de riquezas bajo la in­ fluencia de la llamada “fiebre del oro”. Son tan conocidos estos sucesos que basta la sola referencia para traer a memoria los hechos de violen­cia, crueldades y miserias humanas que por entonces tuvieron lugar.

En la iglesia contemporánea, hay quienes están alimentando un pro­ pósito semejante, aunque obviamente, por otros medios. Los maestros de la corriente teológica que promueve la prosperidad del cristiano in­ducen a los creyentes a la práctica de conceptos y métodos que encuen­tran su razón de ser en la avaricia humana antes que en la palabra de Dios.

Uno de estos maestros, Creflo Dollar dice: “Los críticos tienen el es­píritu de pobreza. Usted opera en un espíritu de pobreza si usted critica a aquellos que predican y enseñan la prosperidad. ¡Por Dios, hombre! anoche les dije que la Biblia habla más acerca del dinero que del cielo, y todo lo que nosotros tenemos que hacer es abrir la Biblia por nosotros mismos y mirarlo, en vez de sentamos allí con temor de oír acerca de es­ to”. (Praise The Lord, Julio 20,1999)

En esta comparecencia pública, este maestro aseguró que el creyen­te no puede tener amor, gozo y paz sin dinero. Lo explicó con estas pala­bras:

“Mire. Hay algunas personas que no creen en la prosperidad. Hay al­gunas personas que no quieren oírlo, ellos no quieren tener nada que ver con eso. Si mencionas dinero en la iglesia, ellos levantan el dedo pe­queño y se marchan de la iglesia. Tan arruinados como están, ellos se marchan de la iglesia con su dedo meñique levantado, porque Satanás ha cegado sus mentes. Han sido cegados en sus mentes. Ellos no quie­ren oír acerca de la prosperidad. Ellos no quieren oír acerca de que Dios es un Dios que quiere poner dinero en sus manos, que Dios es un Dios que tiene la prosperidad en Su mente. Ellos no quieren oír eso. ¡Bendito Dios! Yo quiero oír acerca del amor y el gozo y la paz. Bueno, usted ne­cesita oír acerca del dinero, porque usted no va a tener amor y gozo y paz hasta que usted no tenga algún dinero!” {Praise The Lord, Julio 20, 1999)

Además, Creflo Dollar aseguró que el creyente no está completo si no tiene dinero. Así lo dijo:

“Ahora, anoche comenzamos a tratar con la relación entre la paz y la prosperidad, y descubrimos que la palabra hebrea para ‘paz’ es la pala­bra ‘shalom,’ y esa palabra significa “totalidad, plenitud, sin faltar nada y sin quebradura alguna”. Y leemos, y lo volveremos a ver esta noche, que dice ‘mi alma está lejos de la prosperidad’ ¿Por qué? Porque mi al­ ma está lejos de la paz porque yo olvidé la prosperidad. Establecimos anoche que usted no está completo hasta que usted consigue su dinero. Amén. Amén. {Praise The Lord, Julio 20,1999)

En su defensa de la prosperidad cristiana, este maestro llegó a ase­gurar en uno de sus eventos masivos que Jesús usaba ropas diseñadas a la medida, es decir, confeccionadas por encargo y a su gusto. Esta fue­ ron sus palabras:

“Les estoy diciendo, Jesús no fue pobre, y Él tampoco usaba hara­ pos. …Jesús no tenía harapos encima. ¡Él usaba ropa diseñada, cari­ño!” (Creflo Dollar Crusade, Febrero 9,1999).

Otro de los destacados maestros de la prosperidad es Markus Bis­ hop. Interpretando erráticamente la declaración de Pablo en 2 Corintios 8:9, este maestro afirma:

. Jesús era rico antes de dejar el cielo. Él era rico en el cielo, y les digo algo ahora mismo con relación a Jesús, Jesús es rico en el cielo es­ ta noche. Mucha gente tiene la imagen de que Jesús es pobre en esta no­ che. Usted necesita leer Apocalipsis 1. Cuando Jesús se mostró al após­tol Juan en la Isla de Patmos, Él no se mostró usando ropas viejas y ras­gadas, con su pelo grasoso, cariño. Se mostró con vestiduras blancas que resplandecían en la oscuridad, con un sólido vestido de oro, de mar­ ca, quiero decir, Su cabello era blanco… Él era bendito, y rico, y pode­roso, y tenía grandes riquezas, y ese es el Jesús que está sentado a la dies­tra de Dios esta noche, y ese es el Jesús que se supone que manifeste­mos en el mundo hoy día.

Se dice “como Él es, así somos nosotros en este mundo”. No como él fue, sino como Él es. ¿Cómo es El? Él es rico. Jesús, ahora mismo en esta noche, es rico. “Como Él es, así tenemos que ser nosotros en este mundo. Es la voluntad de Dios para ti que seas rico.”

Esta doctrina de la prosperidad surgió en el mismo país donde la fie­bre del oro produjo un sin número de malignidades y tragedias huma­nas. Una vez más, los ciudadanos de esa nación están siendo provoca­ dos por la misma fiebre de las riquezas.

Aunque menos exitosa a causa de las grandes diferencias sociales, circunstanciales y económicas, esta fiebre se extiende a los países lati­nos. Algunos voceros hispanos, como copia fiel del original, se han su­mado a los promotores de “la ambición cristiana” y difunden esta ense­ñanza entre nuestras congregaciones.

Causa gran asombro la forma en que estos hombres tuercen las Escrituras “para su propia perdición” (ver 2 P. 3:16). Pero más asombro causa el descubrir que muchos ingenuos son atrapados por esta evi­ dente falsedad.

4. Aclarando la confusión

La Biblia no deja lugar a dudas sobre este particular. Observemos lo que ella refiere:

1. Jesús no era rico. En Mateo 8:20 se puede leer: “Jesús le dijo: – Las zorras tienen cuevas, y las aves del cielo tienen nidos, pero el Hi­jo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”.
2. Jesús envió a sus discípulos desprovistos de dinero. “Y les man­dó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni al­forja, ni pan, ni dinero en el cinto.” (Mr. 6:8).

3. Jesús tuvo que realizar un milagro para pagar el tributo del tem­plo: “Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que co­braban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló prime­ ro, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quié­nes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extra­ños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hi­jos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, ha­llará su nestatero ; tómalo,y dáselo por mí y por ti.”(Mt. 17:24-27). En el registro del original aparece la expresión “los que recibían las dos dracmas”. El dracma era una moneda griega con un valor aproxi­mado de 7 dólares. Este tributo, que consistía de estas dos dracmas, no era pagado al gobierno romano, sino a los colectores judíos, para el uso del servicio del templo. En la ley de Moisés se establecía que al contar al pueblo, se debía recibir de cada hombre medio sido para el servicio religioso, es decir, la observación del ritual ceremonial que constituía el culto de aquellos días (ver Ex. 30:11-16).

Jesús no tenía ese dinero consigo y envió a Pedro a buscarlo “en la boca de un pez”. Pedro encontró un estatero, que era una moneda de pla­ ta romana con el valor de cuatro dracmas, o un sido, lo que era suficien­te para pagar el tributo de dos, el de Jesús y el de Pedro. Obviamente, ni Jesús ni Pedro tenían este dinero en su bolsa. No pudieron reunir entre los dos ni siquiera $28.00 dólares.

4. Pedro continuaba sin dinero después de haber protagonizado un poderoso testimonio de Jesucristo el día de Pentecostés. Esto se com­ prueba por sus propias palabras: “Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.” (Hch. 3:6).

5. Los discípulos de Jesús tampoco tenían dinero. El apóstol Pablo padeció la injusticia de un hombre que pretendía extorsionarlo a cam­bio de su libertad. El registro bíblico lo presenta así: “Esperaba también con esto, que Pablo le diera dinero para que le soltase; por lo cual mu­ chas veces lo hacía venir y hablaba con él.” (Hch. 24:26).

Este intento de extorsión, que por estos días algunos denominan “mordida”, se extendió por dos años (ver el versículo 27), al final de los cuales Pablo continuó preso. Aunque no se indica en el registro, Pablo no tenía el dinero que le pedía el funcionario, y tampoco los discípulos que tanto le amaban aportaron el precio de su liberación. Las razones pa­ ra ello deben haber sido mayores que un simple puritanismo personal o colectivo que les impidiera participar en la extorsión de que serían obje­to.

6. Jesús enseñó en contra de la avaricia y la acumulación de rique­zas. (Mt. 6:19-21; Le. 6:24; ver además Le. 12:21). Obviamente, un ri­ co insensible no puede criticar a los otros que también lo son.

7. Los apóstoles continuaron practicando este principio ético du­rante el desempeño de sus ministerios. Así lo hizo Pablo: “N i plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a m íy a los que están conmigo, estas ma­ nos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús y que dijo: Más bienaventurado es dar que r e c i b i r (Hch. 20:33- 35).

Este testimonio indica no sólo que Pablo nunca demandó codiciosa­ mente la contribución de sus discípulos para su propio provecho, inclu­so cuando tenía el derecho a “vivir del evangelio” (ver 1 Co. 9:14), sino que además deja constancia de que obtuvo su sustento trabajando con sus propias manos. Obviamente, un rico sin amor no tiene que hacer tal cosa.

Solamente la tergiversación mal intencionada de las Escrituras pue­ den aparentar un pretendido respaldo de la doctrina de la prosperidad del cristiano. Esta doctrina, por supuesto, proviene del espíritu de avari­cia, codicia y ambición personal de los hombres que la promueven.

Sin embargo, en modo alguno podemos negar que Dios prospera al creyente fiel que, movido, no por la codicia, sino por el amor a su causa y la obediencia a sus mandamientos, asume la responsabilidad de coo­perar con sus finanzas en la extensión y defensa de la causa de Cristo. Tal asunto lo discutiremos en una próxima lección.

fuente: libro del profesor en el camino con Jesús

Pbro. Fernando Figueroa González
Pbro. Fernando Figueroa Gonzálezhttps://pastorales.com/author/padreabraham20hotmail-com/
Ministro del Concilio de las Asambleas de Dios en México, Pastor, Lider nacional del DEC - Educación Cristiana, promotor de institutos bíblicos o seminarios teológicos. de buen corazon, siervo de Jesús y leal asambleista. (de los veteranos) (01-55) 3096.0223

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