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(1) LA SERPIENTE DE BRONCE — Estudio bíblico y sermón edificante a la iglesia

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El pueblo de Israel enfrentó obstáculos en su trayecto a la tierra prometida. Los edomitas les prohi­bieron atravesar su territorio (Números 20:21), lo que hacía más difícil y tardada la llegada a Canaán; aunado a esto, el sacerdote Aarón murió en el Monte Hor y fue relevado por su hijo Eleazar (Números 20:22-29); este hecho produjo dolor a toda la congregación. Posteriormente el rey de Arad atacó a Israel y los despojó de sus bienes, lo que provocó el desánimo del pueblo. Es en estas circunstancias que el pueblo se rebeló y murmuró en contra de su Libertador.

Israel sufrió las consecuencias por su pecado, pero la misericordia divina le proveyó también un reme­ dio. Hoy en día, el veneno mortal del pecado también tiene un antídoto capaz de contrarrestar sus efectos letales. En Cristo, Dios nos libra de la condenación que teníamos asegurada a causa de nuestra maldad.

I. DIOS NO PASA POR ALTO EL PECADO

Nota complementaria
…el pueblo comenzó a murmurar y a quejarse de nuevo. Aun esta generación, que había vivido cuarenta años fuera de Egipto, repitió las quejas de la primera generación. “¿Porqué nos hiciste subir de Egipto para que mu­ramos en este desierto ? Pues no hay pan ni agua, y estamos cansados de este pan tan liviano”. Su ánimo que­jumbroso los cegó y olvidaron los regalos que Dios les había dado (Paul W. Kuske. Números, págs. 164-165).

El pueblo de Israel manifestó su desánimo después de enfrentar grandes problemas en la última parte de su travesía hacia la tierra prometida. En esta etapa de la jornada su queja muestra tres características: La murmu­ración contra Dios y contra Moisés; el reclamo por haber sido sacados de Egipto; el desprecio por la provisión divina, específicamente el maná que los había sustentado en el desierto.

Tales actitudes sólo demuestran ingratitud, incredulidad y rebeldía. Debido la maldad de este pueblo, Dios manda serpientes ardientes contra los murmuradores y mueren muchos de los hijos de Israel (Números 21:6). Dios es justo y no dará por inocente al culpable. El profeta Ezequiel lo ratifica: El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él} y la impiedad del impío será sobre él (18:20). La ley de la vida o de la muerte está delante de nosotros. La decisión es nuestra. Si decidimos transgredir la ley divina tendremos que enfrentar las consecuencias de nuestros actos. Tendremos que enfrentar la justa ira de Dios si no nos arrepentimos de nuestros pecados. Los únicos responsables del castigo y las consecuencias que vienen sobre los hijos de des­ obediencia, somos nosotros mismos. El Señor no quiere que ninguno se pierda, es por eso que nos advierte una y otra vez acerca de lo que le espera a quienes se apartan de él.

II. LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO

Nota complementaria:
En varias naciones de la antigüedad, la serpiente era adorada como símbolo de vida y de fecundidad, pero en Israel la serpiente era considerada inmunda (Levítico 22:41-42). En Egipto, algunos llevaron una serpiente

El pecado es un asunto muy serio, y Dios lo considera con severidad, aunque los hombres con frecuencia lo tratan con ligereza. No solamente es una transgresión de la ley de Dios, sino un ataque al mismo gran Legislador, una rebelión en contra de Dios. Es un quebrantamiento de la justicia inviolable de Dios que sirve de fundamento a su trono (Salmos 97:2), y un agravio a la santidad de Dios que nos exige que seamos santos en toda nuestra manera de vivir (1 Pedro 1:15-16) (Luis Berkhof. Teología Sistemática, pág. 321).

La mordedura de los reptiles era dolorosa. El texto no nos dice qué clase de ofidios eran las que atacaron a los israelitas, sólo nos informa que eran serpientes ardientes, lo que podría referirse, a su color, pero más proba­blemente tenga que ver con los abrasadores efectos que provocaba su veneno. Calentaba y encendía la sangre de tal forma, que cada vena se convertía en un río hirviente.

En algunos hombres ese veneno de áspides que llamamos pecado, ha inflamado sus mentes. Están intran­quilos, descontentos, llenos de temor y de angustia. El pecado es sinónimo de dolor y sufrimiento.

La mordedura de la serpiente era fatal. El relato nos dice que murió mucho pueblo de Israel. Debió ser impresionante la escena de muerte y dolor; sin la intervención divina, no había esperanza de curación.

Sabemos que, como resultado del pecado, nada bueno llegará. Rebelarse contra Dios es en realidad la peor necedad, pues la Palabra nos enseña que la paga del pecado es la muerte, y también que el pecado, al consu­marse, da a luz la muerte (Romanos 6:23; Santiago 1:15).

III. DIOS PROVEE SANIDAD Y SALVACIÓN

En varias naciones de la antigüedad, la serpiente era adorada como símbolo de vida y de fecundidad, pero en Israel la serpiente era considerada inmunda (Levítico 22:41-42). En Egipto, algunos llevaron una serpiente de metal como protección contra la mordedura de las serpientes. Pero aquí la serpiente de bronce se usa para la sanidad de los que ya han sido mordidos. Dios hizo una provisión maravillosa para su alivio. Los mismos judíos dicen que no era ver la serpiente de bronce lo que curaba, sino que al mirarla, miraban a Dios como el Señor que los sanaba (David Daniels. Comentario bíblico Mundo Hispano, pág. 203).

La severidad del azote y la extensión aterradora de la mortandad llevaron al pueblo a una conciencia del peca­ do, y por la intercesión de Moisés, la cual imploraron, fueron milagrosamente sanados.

No fue sino hasta después de que llegó el juicio, que el pueblo vino a Moisés diciendo: hemos pecado. El líder oró por ellos y la misericordia de Dios no se hizo esperar. El Salvador no desecha el corazón arrepentido, sin importar el tiempo ni el lugar, la salvación llega para el que pone su mirada en Jesús.

Ordena el Señor a Moisés que fabrique una serpiente y la ponga sobre un asta. Tuvo que ser puesta en un lugar alto, a la vista de todo el pueblo. De esta manera, todo aquel que fuera mordido y la mirara, quedaría sano. El Señor determinó que fuera por este medio la sanidad de las personas. Así quedaría claro que era la eficacia del poder y la gracia de Dios, y no el efecto de la naturaleza.

Este hecho portentoso es un tipo del poder de la fe en Cristo, que puede sanar a todos los enfermos y moribundos a causa del pecado. Para recibir el milagro era necesaria la fe; sólo quien mirara a la serpiente de bronce sería sanado. Muchos murieron, pero muchos más fueron salvos porque creyeron y obedecieron al mandato divino.

El antídoto para el veneno mortal del pecado es Jesucristo. La paga del pecado es muerte, pero el regalo de Dios es vida eterna en Jesús (Romanos 6:23). Para que nuestros pecados sean borrados, lo único que tenemos que hacer es confesarlos a nuestro Salvador Jesucristo y él nos perdonará y nos limpiará de toda maldad (1 Juan 1:9).
Muchos piensan que por hacer ciertas obras se puede alcanzar la salvación, pero la Escritura enseña lo contrario. Pablo afirma que Dios nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho y sino por su misericordia y por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5). Sólo por la fe en Jesucristo puede ser salvo el pecador.

IV. LEVANTEMOS LA BANDERA DE LA ESPERANZA

No había ningún remedio de ningún tipo para las mordeduras de las serpientes ardientes en el desierto, excepto este que Dios había provisto, y, a primera vista, ese remedio debe haber parecido disparatado. ¡Una simple mirada a la figura de una serpiente sobre una asta! ¡Qué improbable era que funcionara!… Pero en esto radicaba la excelencia del remedio, que era de origen divino, pues cuando Dios ordena una cura, está obligado, por ese mismo hecho, a poner una fuerza en ella. No necesitamos saber cómo funcionará; nos basta que la gracia poderosa de Dios esté comprometida a hacer que produzca un bien para nuestras almas (Charles H. Spurgeon. Colección de sermones, pág. 308).

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto! así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3.14, 15). Nuestro Señor Jesucristo, en infinita humillación, se dignó venir al mundo, y aceptó ser hecho maldición por nosotros. La serpiente de bronce no tenía veneno en sí, pero tenía la forma de una serpiente ardiente. Cristo no fue un pecador, y no hubo pecado en él, pero él fue enviado por Dios en semejanza de carne de pecado (Romanos 8:3). Él vino bajo la ley, y recibió el castigo por causa nuestra.

Recordemos que en todo el campamento de Israel no había sino un remedio para la mordedura de serpien­te, y ese remedio era la serpiente de bronce; y sólo había una, no dos, y esa fue levantada en alto en el centro del campamento, para que cualquiera que hubiera sido mordido, la mirara y viviera.

Sólo hay Salvador. No hay otro nombre bajo el cielo a quien los hombres puedan invocar para ser salvos. Toda la gracia está concentrada en Jesús. Cristo soportó la maldición y terminó con la maldición; fue herido en el calcañar por la serpiente antigua, pero hirió la cabeza de la serpiente. Es únicamente a Jesucristo que hemos de mirar si queremos vivir.

CONCLUSIÓN

El pecado siempre traerá consecuencias trágicas. Algunas de ellas se experimentan de manera inmediata, pero la más grave aguarda al final. No obstante, la misericordia de Dios ha provisto perdón y salvación para todo aquel que acepte su oferta de gracia.

La serpiente de bronce fue levantada en respuesta al arrepentimiento del pueblo y a la intercesión de Moi­sés. Y sólo bastó mirarla para que se efectuara el milagro. Es tiempo de mirar al Salvador. El remedio para el pecado está en aquel que fue levantado en la cruz. Una mirada de fe al Hijo de Dios es suficiente para salvarse de la muerte eterna.

SERIE: MILAGROS
ESCRITORES: MINISTROS Y MAESTROS DEL CONCILIO DE LAS ASAMBLEAS DE DIOS.

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