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LA IMPULSIVIDAD Y SUS CONSECUENCIAS — Pbro. Rafael Gómez Cornelio

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Impulsividad o falta de control inhibitorio Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvaino, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le corto la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco (Juan 18:10).

[dropcap]L[/dropcap] os discípulos de Jesús no solamente eran personas no desarrolladas, sino que se habían desarrollado de una manera errónea. Algunos de ellos eran muy dados a la impetuosidad. Especialmente Pedro, quien de hecho, es el campeón de la impetuosidad; era un hombre impulsivo, era el tipo de hombre impetuoso; como una corriente que baja rápidamente de las montañas saltando sobre las peñas que encuentra a su paso, para precipitarse al valle que esta abajo. Sus reacciones se exteriorizaban en unas explosiones. Obraba primero y más tarde pensaba.

Un ejemplo notable lo tenemos cuando se arrojó al mar en una fresca mañana de primavera y llegó a nado hasta la playa donde estaba Jesús, pudiendo haber hecho la travesía en el barco (Juan 21:7). Otro ejemplo lo encontramos en la petición que hizo de que el Maestro le lavara la cabeza y las manos, cuando al principio había rehusado permitir que le lavara los pies, hasta que le fue dicho que no tendría parte con Cristo si no se sometía a su voluntad (Juan 13:9). Aún más notable es la ocasión en que Pedro cortó la oreja a uno de los siervos del sumo sacerdote, cuando estos vinieron a arrestar a Jesús (Juan 18:10).

Cuando hablamos de impulsividad no debemos dejar de mencionar los tres conceptos básicos que se entrelazan como causas primarias.

  1. El actuar sin pensar
  2. La velocidad incrementada en la respuesta y la impaciencia
  3. Un bajo control de los impulsos y poca tolerancia a la frustración.

Hasta el día de hoy, la ciencia sigue buscando las causas de la impulsividad y el descontrol, ya que no son una virtud, ni se encuentran relacionadas con la sinceridad en el ser humano. Si eres impulsivo e hieres a los seres queridos que te  rodean.

procura realizar tus mejores esfuerzos para modificar tu actitud, recuerda que la reflexión es el mejor camino para actuar.

Si se reconoce como alguien impulsivo, adelántese a los hechos y no participe en debates y discusiones, sobre todo en aquellas en donde la pasión predomine a la razón, evítate un mal momento y mantente al margen, siempre habrá tiempo para hacer conocer tu opinión desde un lugar reflexivo.

La impulsividad puede dar lugar a pequeños o grandes accidentes (golpes, romper cosas, agresiones con palabras hirientes, que lastiman, molestan, etc.) Así como a incurrir en situaciones altamente peligrosas por falta de consideración con los riesgos asociados.

Es una conducta que se asocia a múltiples situaciones de riesgo, por lo tanto no debemos tomarlo a la ligera; además es muy dañina y perjudicial primeramente en el hogar y luego con los que nos rodean.

Muchos han llegado al homicidio, al divorcio, y han dividido muchas familias (nos exponemos a quedar en evidencia y a dar una imagen equivocada, nos degradamos a nosotros mismo).

Hablar de restauración y sanidad emocional implica identificar que muchas de las emociones y sentimientos reprimidos durante la infancia, como temor, dolor, abandono, frustración, injusticia, rechazo y soledad; cohabitan en la mente y el corazón de la persona adulta, como consecuencias de no haber sido superados durante la infancia. Dado que en ese momento el niño o la niña, no estaba en capacidad de entender las causas de sus carencias y dolores. En la etapa adulta, estas emociones dañadas pueden tomar control de la vida de las personas frente a un estímulo o situación particular.

Por otra parte, surgen sentimientos asociados al tipo de autoridad ejercida por las personas que tuvieron a cargo de sus vidas durante la infancia. Las experiencias con la desobediencia y castigo, control y autoridad generan muchos sentimientos de temor, enojo, y diversas inseguridades a lo largo de la vida adulta. Estos sentimientos también se proyectan al área espiritual.

Ser libres y anhelar la restauración de nuestra vida implica hacer cambios importantes en diferentes áreas de nuestra vida. La Biblia dice: Pero él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de su santidad (Hebreos 12:10). El deseo del Señor es que entendamos su corrección como una forma de guiar y enderezar nuestro camino. Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia inteligencia, reconócelo en todos tus caminos, y el enderezara tus sendas (Proverbios 3: 5, 6).

Restaurar nuestras vidas emocionales, implica que nos confrontemos con “nuestras verdades, nuestros secretos” y este llamado urgente implicará la decisión de compartir nuestro dolor, para ello requerimos de mucho valor pues será necesario asumirlo integralmente, aceptar que nos ha marcado y traerlo con confianza delante del Dios de la vida, para ser sanado.

Necesitamos además el deseo profundo y sincero de deshacernos de ese peso que tanto daño emocional nos ha traído, al punto de dañarnos y hasta enfermarnos.

En ese pasado fuimos instruidos para aprender a sobrevivir. La invitación que hacemos hoy desde esta reflexión es a recordar primero que a lo largo de toda la Biblia hay mensajes directos que llaman a la sanidad, a la vida en abundancia, a la paz interior y a la restauración completa del ser humano.

El profeta Jeremías cita en el capítulo 33:6 los curaré, les daré salud, los sanaré y haré que con honra disfruten de paz y seguridad (NVI). Dios nos da los pasos para que seamos restaurados: que le abramos la puerta (que es nuestra voluntad), que creamos en él y le obedezcamos.

Él no obliga, sino que invita, llama y nos pide con respeto, amor y firmeza que le entreguemos las cargas y le sigamos He aquí estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y abre la puerta yo entrare, cenare con el y el conmigo (Apocalipsis 3:20).

Conclusión

¡Confiamos! Que más allá de la ausencia, hay presencia; que más allá del dolor, hay sanación; que más allá de la ira, habrá paz; que más allá del silencio, estará la palabra; que más allá del final, está Dios. Amen. Descansemos pues en la Palabra Yo te restauraré y sanaré tus heridas, afirma el Señor (Jeremías 30:17).

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