EL ATRIO DEL TABERNACULO un estudio sobre este lugar para Dios

Através de Cristo, todas las per­sonas tienen acceso a Dios para la purificación espiritual.

Tito 3:5 – Nos salvó, no por obras de jus­ticia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regene­ración y por la renovación en el Espíritu Santo.

El tabernáculo era un lugar de adoración móvil para la adoración de los israelitas en el desierto y hasta la construcción del Templo en los días de Salo­ món. Más allá de eso, era temporal porque era una vislumbre del plan eterno de Dios para la redención de todos los que aceptarían el sacrificio de Jesucristo.

En la estructura y la adoración del tabernáculo, vemos representaciones de nuestro Señor y de nues­tra adoración a Él. Al considerar la preparación de los israelitas para la construcción del tabernáculo, la adoración dentro del tabernáculo terminado y el cumplimiento del plan de Dios en el Nuevo Testa­mento, veremos imágenes de nuestro Señor y apren­deremos lecciones acerca de nuestra adoración a Él.

Parte 1—Lugar de acceso a Dios

□ Un lugar de sacrificio Éxodo 27:1-19

El tabernáculo era la morada de un Dios santo con su pueblo (Éxodo 25:8). Pero el pueblo de Israel no podía entrar libremente en su presencia debido al pecado. El tabernáculo incluía una tienda interior donde se ubicaban el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. El área que rodeaba esta tienda era el atrio exterior, donde se hacían sacrificios para expiar los pecados del pueblo. Los muros del atrio eran cortinas de lino finamente tejido de 7 1/2 pies (2.3 m) de altura que colgaban de ganchos de plata en una barra sostenida por pilares de madera encajados en bases de bronce (Éxodo 27:9,10). El atrio medía 75 por 150 pies (22.9 m x 45.7 m).

En el lado oriental estaba la única entrada al atrio, una entrada de treinta pies de ancho (9.1 m) con cortinas de «lino torcido» que estaban decoradas con hermosos bordados en hilo «azul, púrpura y carmesí» (Éxodo 27:16). A través de una abertura en esta cortina, el sacerdote y la persona que tenía un sacrificio podían entrar para hacer sacrificios a Dios.

Justo dentro del patio estaba el altar de los holocaustos, que representaba el deseo de Dios de tener comunión con la humanidad a través del perdón de los pecados. El altar de madera, revestido de bronce, era cuadrado y medía IV.zpies (2.3 m) de ancho y de largo y 4V¡ pies (1.4 m) de alto (Éxodo 27:1,2). En cada esquina del altar había un «cuerno» donde se untaba la sangre de los sacrificios. Estos sacrificios permitían a la gente recibir el perdón de sus pecados.

□ Un lugar de adoración Deuteronomio 12:10-14; Juan 4:19-24

Dios requirió que la adoración se llevara a cabo solo en el tabernáculo, (Deuteronomio 12:10,11), el único lugar donde los israelitas debían presentar ofrendas, sacrificios, diez­ mos y regalos. A diferencia del culto de los paganos, el culto de los israelitas debía ser más que una tediosa obediencia, y más bien ser un tiempo de regocijo y festejo. El uso de un lugar de adoración específico señalaba su obediencia a Dios; el tabernáculo era la elección del Señor para Israel (v. 14). Dios todavía da prioridad a que los creyentes se reúnan para la adoración colectiva (Hebreos 10:23-25). Pero ya sea en forma colectiva o privada, ado­

ramos en obediencia al Señor, y su presencia produce gozo (Salmos 16:11).
En los días de Jesús, el lugar para adorar a Dios era una fuente de controversia entre judíos y samaritanos (w. 19-24). Dado que el templo estaba en Jerusalén, los judíos afir­maban que el templo en Jerusalén era el único lugar para adorar a Dios. Sin embargo, los samaritanos habían elegido el monte Gerizim como el lugar para su distorsionada adoración a Dios.

En la conversación de Jesús con la mujer samaritana, la mujer sacó a relucir este tema (v. 20). Jesús señaló que se avecinaba un tiempo en que la adoración no se limitaría a lugares físicos, sino que tendría lugar en el corazón de los adoradores. La adoración es un asunto de relación personal con Dios y no de ubicación geográfica (w. 21,22). La morada de Dios es ahora en el corazón del creyente donde Él habita por su Espíritu (1 Corintios 3:16; Efesios 2:22). Jesús resume la adoración que Dios desea: «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (v. 24).

Parte 2-Un lugar para el perdón

□ Sacrificios requeridos Levítico 9:1-7

Ocho días después de que Aarón y sus hijos presentaron los sacrificios y las ofrendas requeridos para su ordenación como sacerdotes, Moisés los reunió junto con los ancianos de Israel. Debían «[tomar] de la vacada un becerro para expiación, y un carnero para holo­ causto, ambos sin defecto, y [ofrecerlo] delante de Jehová» (Levítico 9:2). Estos se ofrecían en favor de Aarón y el sacerdocio.

Luego el pueblo debía traer ofrendas para expiación del pecado, para sus holocaustos y para sus ofrendas de grano (v. 3). Los sacerdotes ofrecían estos sacrificios en el altar, para la «expiación» por los pecados (v. 7). Expiar es apaciguar la ira de Dios y cubrir el pecado. El sacerdote debía ofrecer un sacrificio por sus propios pecados y los pecados del pueblo. El camino a la presencia de Dios era a través de la sangre de toros y machos cabríos.

Aunque Dios ordenó los sacrificios, estos no proporcionaban el perdón de pecados ni la perfección; sólo apuntaban al tiempo de Cristo. Únicamente a través de Él, el ser humano puede recibir perdón de los pecados y salvación eterna. Dios quería que su pueblo se preparara para ver su gloria. La gente obedecía trayendo sus ofrendas y luego esperando que Él revelara su gloria. Dios no los defraudó (véanse los versículos 23 y 24).

□ El sacrificio perfecto Hebreos 10:1,5-10

Aunque los sacrificios expiaban el pecado, no podían perfeccionar al que los ofrecía (Hebreos 10:1). Repetidos año tras año, los sacrificios recordaban a los israelitas su pecado en lugar de eliminarlo y borrar la culpa. No podían proporcionar lo que la humanidad más necesitaba. La respuesta llegó en la forma del sacrificio supremo: Jesucristo. Citando el Salmo 40:6-8, el escritor de Hebreos mostró que Cristo vino a hacer lo que los sacrificios del Antiguo Testamento no podían: perdonar el pecado. Al morir por nuestros pecados, Jesús cumplió la voluntad de Dios (Hebreos 10:5-9). Al anular el sistema de sacrificios del

Antiguo Testamento a través de su sacrificio obediente, Jesús proporcionó la santificación para todos los que vienen a Él (v. 10). El altar del holocausto nos recuerda el sacrificio de Jesucristo, el Cordero de Dios. Habiendo sido sacrificado en la cruz por nuestros pecados, ahora ha resucitado y ofrece a los pecadores pleno perdón y santificación.

Parte 3-Lugar de limpieza

□ Purificados para el servicio Éxodo 30:17-21

Los sacerdotes no solo ofrecían sacrificios por sus pecados, sino que también debían lim ­ piarse físicamente antes de entrar al Lugar Santo para completar su trabajo. La caminata al tabernáculo les ensuciaba los pies, y el manejo de los sacrificios les ensuciaba las manos. Esto exigía un lugar para la limpieza.

Dios proveyó «una fuente de bronce» (Éxodo 30:18) o «un lavamanos de bronce» (ntv) para esa limpieza regular. Aarón y sus hijos debían de lavarse las manos y los pies antes de entrar al tabernáculo. Descuidar esta limpieza diaria traería la muerte (v. 20). Ya sea ministrando en el altar del holocausto o dentro del tabernáculo, Dios requería la lim ­ pieza de aquellos que realizaban este ministerio.

Así como el altar representaba la salvación a través del sacrificio de Cristo, la fuente habla de la necesidad de la limpieza diaria mediante el estudio de la Palabra de Dios. Como los sacerdotes, experimentamos la contaminación mundanal incluso mientras ministra­mos para el Señor. Pablo escribió que «Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra» (Efesios 5:25,26). El tiempo diario en la Palabra de Dios lavará la suciedad del mundo. La limpieza también exige el sacrificio. Acercarnos a Dios requiere que abandonemos las cosas que nos distraen de servirle.

□ Limpios por la misericordia y gracia de Dios Tito 3:3-7

Constantemente somos bombardeados con mensajes e imágenes contrarias a la santidad de Dios. Incluso los creyentes maduros son tentados a pecar. Necesitamos un lugar para limpiarnos todos los días. Así como los israelitas no podían limpiarse del pecado ellos mismos, nosotros tampoco podemos limpiarnos del pecado. Pablo le dijo a Tito que les recordara a los creyentes que habían sido «insensatos, rebeldes» (3:3).

Pero Dios había provisto un altar del perdón y una fuente para la limpieza. Nuestra justicia y nuestros sacrificios no pueden salvarnos. Sólo la misericordia de Dios puede traernos la salvación. «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salva­ dor» (w . 5-6). Sin la gracia de Dios, nadie puede acudir a Él.

¿Qué nos dice Dios?

El plan de Dios para nuestra redención está prefigurado en toda la estructura y los rituales del tabernáculo. Él estaba preparando a su pueblo para que fueran los antepasados del Mesías y una luz para las naciones que los rodeaban. La salvación por gracia y la plenitud del Espíritu están disponibles para nosotros, y Él nos llama a ser una luz para los demás.

Acerca de: Editorial VIDA

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