Facilitando el desarrollo de habilidades de regulación emocional en las nuevas generaciones (desde el modelo transformativo pentecostal)

Por Herbert Grenett Ortiz

 

Se observa desde la praxis pastoral que, en las iglesias cristianas, incluyendo Las Asambleas de Dios, existe una cantidad no menor de creyentes que muchas veces presentan problemas para regular sus sentimientos y emociones. Algunos cuando se sienten cansados y estresados, actúan sin control de su ira, descargándola de forma inadecuada hacia los demás; otros, sumidos en una tristeza profunda, tienden al negativismo, se deprimen, cayendo en la inactivación conductual; otros, embargados por su ansiedad y timidez, prefieren evitar las relaciones interpersonales, y terminan aislándose de su grupo de apoyo social. Cabe reflexionar, si el discipulado de las nuevas generaciones estaría incluyendo, de manera intencionada, el desarrollo de habilidades socioemocionales, en particular, de regulación emocional, con el objetivo de superar este tipo de dificultades, ayudando así a desarrollo de una buena salud, en los planos mental y espiritual.

La regulación emocional se puede definir como la capacidad de tolerar y manejar fuertes emociones negativas, como ansiedad, enojo y tristeza, y también de experimentar plenamente un amplio rango de sentimientos positivos, incluidos la esperanza, alegría, contentamiento y paz.[i]

También se ha definido como “el proceso mediante el cual los individuos influyen en las emociones (positivas y negativas) que ellos mismos y otras personas experimentan, cuando las experimentan, cómo las experimentan, y cómo las expresan.[ii]

Por otro lado, una definición concisa de la desregulación emocional es que sería la dificultad o inhabilidad para regular la expresión emocional y permitir el adecuado procesamiento emocional”.[iii] La desregulación se puede manifestar como una excesiva intensificación de las emociones (las cuales se experimentan como abrumadoras e intrusivas), o como una inhibición excesiva de ellas (como adormecimiento emocional).[iv]

Advirtiendo el contexto socioemocional de las nuevas generaciones, tanto preadolescentes como adolescentes, en sus respectivas etapas, experimentan una serie de cambios biológicos, cognitivos, emocionales, relacionales y espirituales. Por lo disruptivo de estos cambios, se hace necesario que puedan aprender a regular emociones intensas, que no siempre comprenden ni saben cómo gestionar. Así, pueden advertirse adolescentes cristianos que sufren con una autoestima baja, y que luchan muchas veces con profundos sentimientos de tristeza y depresión; otros que manifiestan una abierta impulsividad y ataques de ira, y otros que colapsan con altos niveles de ansiedad, sintiendo desagradables síntomas físicos en forma de ataques de pánico, y a la larga, desarrollando timidez y ansiedad en sus relaciones sociales.

Mucha de esta desregulación emocional surge desde las frustraciones que experimentan en situaciones de conflicto familiar, donde los padres en vez de canalizar de forma constructiva ese desborde emocional, enfrentan a sus hijos “sobre reaccionando” emocionalmente; en otras ocasiones lo hacen no creyendo lo que ocurre en el ser de ellos, cayendo en la minimización, negación e invalidación de lo que están sintiendo (lo cual provoca una aun más alta intensidad emocional); o bien, desde un patrón de crianza de orientación coercitiva, obligando al control emocional o mejor dicho, “sobre control emocional” (lo cual también provoca desregulación emocional).

Este aprendizaje de cómo reaccionar frente a las emociones de sus hijos, se adquirió́ en un contexto cultural, pero también de la propia tradición eclesiástica. En este sentido, puede advertirse que por décadas la educación de las emociones se ha disociado del discipulado cristiano, donde no se le ha dado la relevancia que tiene en el impacto de la salud mental en las nuevas generaciones de líderes cristianos.

Esto anterior, guarda relación con que las emociones en el mundo cristiano, históricamente, se las ha definido como cosas “menos importantes” que el componente de la razón humana (eco del ideal de la modernidad), donde cosas como la ansiedad, ira, tristeza o vergüenza, deben reprimirse o sacarse del corazón, por considerarse “menos espirituales”, y hasta “carnales”. La educación teológica formal, por su lado, y a través de los años, ha contribuido en esta misma línea, otorgando un énfasis exaltado al rol que cumple el razonamiento formal en el estudio de la Palabra, en desmedro de otros aspectos que igualmente contribuyen a la buena integración de las enseñanazas bíblicas, como son la emocionalidad, la imaginación, la creatividad, etc.

Por otra parte, la búsqueda de identidad, además, se lleva adelante en un proceso de experimentación que suele resultar muy conflictivo, sobre todo en la adolescencia. El Dr. Lucas Leys argumenta que muchos de los “problemones” que surgen en esta etapa se dan cuando, al no tener una identidad definida, las nuevas generaciones se buscan a sí mismas en el ejercicio de roles antagónicos, o en una constante necesidad de lograr aprobación por parte de los demás… mientras experimenten este tipo de dilemas, es lógico que expresen disgusto y disconformidad con sí mismos y con el resto del mundo, y debido a eso utilicen distintos mecanismos de adaptación, tales como: agresión, compensación, identificación, racionalización, egocentrismo, evasión, etc.[v]

El Dr. Leys finaliza la argumentación anterior planteando que, debido a estos procesos que se dan en la adolescencia, se hace evidente que las nuevas generaciones necesitan personas mayores involucradas en modelar las conductas y las aspiraciones ideales.[vi]

En relación con esto último, sobre la temática del mentoreo puede decirse que se ha escrito bastante, y se trata de un proceso relevante cuando, desde el contexto de una relación cercana entre mentor y mentoreado, se apunta a enseñar y modelar aprendizajes para la vida del futuro líder, sobre todo en el área del crecimiento espiritual. Si se incluye además dentro de este aprendizaje la regulación de las emociones, el mentor como una especie de terapeuta, enseñará al discípulo a reconocer sus pensamientos, emociones, reacciones y comportamientos, que pueden estar comunicando un malestar interno.

Sin embargo, cuando la desregulación emocional se manifiesta abiertamente en la vida de los adolescentes, puede que surjan algunas deficiencias a la hora de un entrenamiento efectivo a nivel socioemocional. Esto, sobretodo, porque si se considera el “modelado” de habilidades de regulación emocional efectivas, habría que evaluar primeramente si el mentor es una persona emocionalmente madura. No sólo que tenga una larga experiencia en la obra del Señor, y que comparta sus conocimientos, sino que él/ella sea justamente una persona que ha aprendido, por ejemplo, a tolerar bien la ansiedad o gestionar bien su estrés; o que ha sabido cómo iniciar su tristeza y que la ha usado para reintegrar sus pérdidas vitales; o que ha usado el enojo con fines constructivos sin perder el control; o que ha canalizado bien la culpa para, por ejemplo, pedir perdón a otros y reestablecer relaciones dañadas. Esto será vital a la hora de evaluar las posibilidades de que el discípulo aprenda de su mentor imitando cosas que contribuyan a su desarrollo socioemocional sano.

Desde la perspectiva del aprendizaje observacional o vicario (que consiste en el aprendizaje observando a modelos, y que se encuentra en el método de mentoreo de Pablo, 1 Co. 4:16; 1 Co. 11:1; Fil. 3:17), el aprendiz para poder adquirir un nuevo comportamiento debe necesariamente “observar” al modelo cuando este emite una conducta (por ejemplo, “dar una blanda respuesta” en un contexto donde está imperando el enojo). Luego, el aprendiz debe atreverse a practicar lo que observó, y finalmente, recibir algún feedback de otra persona o de él mismo. Según lo anterior, habría que hacer entonces un énfasis importante: si el mentor no evidencia en la presencia del aprendiz el fruto del Espíritu – en el ejemplo, la cualidad de la templanza – y a la inversa, se descontrola con su ira, lo que hará definitivamente será modelar en su discípulo el descontrol emocional.

Lo anterior resulta preponderante y pragmático a la vez, ya que, a la hora de ayudar a las nuevas generaciones a desarrollar habilidades socioemocionales para una buena salud mental, el rango de “modelos de regulación emocional” se puede ampliar considerablemente, donde el mentor a cargo de ese joven no necesariamente debe tener el monopolio en esta área del discipulado, sino que se puede apoyar en “otros mentores” que ayuden en el objetivo. Así, un mentor de salud mental podría ser también otro líder del equipo pastoral juvenil, un diácono, un maestro/a, un consejero, un terapeuta cristiano., etc.

Un segundo aspecto que resulta vital para comprender el proceso del crecimiento integral de las nuevas generaciones, tiene que ver con que el protagonista de ese proceso, mucho más que el discipulador, será definitivamente el discípulo. El primero cumplirá la función de estimular, motivar, empujar el desarrollo de nuevas habilidades, pero el responsable principal, será el segundo, ya que el discípulo deberá comprometerse y empoderarse para el desarrollo de estas nuevas destrezas socioemocionales.

En conexión con lo anterior, desde el paradigma pentecostal histórico, se ha enseñado que es el Espíritu Santo el que “llena al creyente”, y en ese sentido, la persona con una actitud de “tipo contemplativa”, debe aprender a esperar que el fruto del Espíritu crezca en él. Por supuesto se da por sentado que, a la hora de un cambio integral, el Espíritu Santo es la persona central, que con su accionar, ayudará al creyente con el descontrol de sus emociones e impulsos. Como bien exponen Duffield y Van Cleave, es el Espíritu Santo

quien nos capacita para humillar, hacer morir a la carne y vivir victoriosamente en el Espíritu. Hacemos morir las obras de la carne al reconocer al viejo hombre crucificado con Cristo (Ro.6:11), y al elegir el andar bajo la guía y el poder del Espíritu Santo.[vii]

Sin embargo, la última parte del comentario, resulta relevante para la aspiración de alcanzar una efectiva regulación emocional: “Elegir el andar bajo la guía y el poder del Espíritu”. Esto es una opción y se debe trabajar en ello. En este sentido, Horton plantea algo muy relevante para el desarrollo de la salud mental de los más jóvenes, y en general para el contexto de la consejería pastoral, esto es, que la cooperación con el Espíritu es necesaria para el desarrollo del fruto completo del Espíritu. Dice Horton: “Algunos suponen que precisamente por el hecho de que tenemos vida en el Espíritu o porque somos bautizados en el Espíritu, que es seguro que tendremos el fruto … si se desea el fruto hay que cultivarlo. Dios hace algo de eso (Jn.15:1), pero nosotros tenemos nuestra parte”.[viii] En consecuencia, buscar a Dios, permanecer en Cristo y su palabra, hacer su voluntad obedeciéndole, etc., son decisiones que los creyentes deben tomar para que el Espíritu Santo produzca el fruto en ellos, pero saber qué hacer con este fruto en situaciones de alta tensión emocional, también implicaría una decisión no menos relevante.

El desarrollo de habilidades de regulación emocional desde el modelo transformativo pentecostal.

Hay que señalar que las emociones cumplen con un propósito o función en nuestras vidas, aunque sean negativas, nos proporcionan información de lo que está pasando en nuestro interior. Además, nos ayudarían a adaptarnos a las demandas de nuestro ambiente de diferentes maneras. Por ejemplo, sirven para establecer nuestra posición con respecto a nuestro entorno, impulsándonos hacia ciertas personas, acciones, metas, y alejándonos de otras.

Por ejemplo, la alegría ayuda a lograr afiliación; el enojo a la autoprotección y para establecer límites; la tristeza para pedir ayuda y para la reintegración personal; la culpa para el arrepentimiento y reparar el daño hecho, etc. En el caso de la vergüenza, algunas teorías sugieren que sentir esta emoción cuando nuestro comportamiento es considerado inapropiado, puede actuar como una señal para corregir nuestro comportamiento y evitar el rechazo y desaprobación de los demás. Esto sería beneficioso para promover lazos sociales positivos … sin embargo, cuando la vergüenza se vuelve excesiva o paralizante, afectando negativamente la autoestima y la salud mental, se puede convertir en un problema.[ix] En el caso de las nuevas generaciones, cuando la vergüenza se vuelve excesiva en la vida de un creyente joven, puede además ir configurando en el tiempo un carácter tímido, ansioso e inseguro.

En este punto, conectaremos la tarea del joven de lograr regular sus emociones (por ejemplo, la vergüenza) acudiendo al modelo transformativo pentecostal. El primer paso del modelo se inicia con la interpretación de la Escritura para hallar principios y verdades eternas. En este cometido, se puede advertir que el fruto del Espíritu (Gá.5) constituye una rica fuente de insumos para lidiar con los problemas de la desregulación emocional. En relación con ello, hallamos esta exhortación de Pablo a su discípulo

Timoteo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti.1:7). Pablo está recordando a Timoteo lo que Dios otorga en Su gracia al creyente para el ministerio eficaz. Lo introduce mediante una negación clara: Dios no nos ha dado espíritu de cobardía. La palabra δειλία, cobardía, tiene la misma razón de timidez y terror.[x]

Cuando se analiza el carácter y personalidad de Timoteo, si bien fue un estudiante obediente y entusiasta de la Palabra (2 Ti.3:15), un amado y fiel colaborador (1 Co.4:17; Rom. 16:21), preocupado del bienestar de los demás (Fil.2:20), y confiable (2 Ti.4:9, 21); sin embargo, en relación con los argumentos anteriores, Pablo si o si se está dirigiendo a Timoteo con un énfasis particular, enfocando ciertas deficiencias en su discípulo (2 Ti.1:6). Como argumenta Gordon Fee: “le insta con un lenguaje muy fuerte a que avive el fuego del don que Dios le otorgó hace mucho tiempo atrás en el momento de su llamamiento, por medio de la imposición de las manos.[xi] La imagen de Timoteo que surge de estos dos versículos (6 y 7), y a lo largo de toda la Epístola, coincide con lo que aflora en otros lugares (1 Ti.4:12; 5:23; 1 Co.16:10-11), a saber, que Timoteo es un colega de Pablo más joven y menos enérgico.[xii]

Además, Timoteo estaba un tanto limitado por las continuas debilidades físicas (1 Ti.5:23). El carácter tímido que le era propio, hacía difícil para él enfrentar las situaciones conflictivas en la iglesia (1 Co.16:10). Hacer frente a la oposición de los que se desviaban de la doctrina, especialmente entre los efesios, con opositores decididos y firmes, lo haría más difícil (1 Ti.1:3, 7, 9, 20; 4:6, 7; 6:3, 10; 2 Ti.2:14–19, 23). Además de todo esto, las persecuciones contra los cristianos estaban manifestándose.[xiii] Pablo lo exhorta diciendo que entre los recursos que distribuye el Espíritu Santo para llevar adelante la obra de Dios (vs.7) se encuentra el dominio propio. Aquí́, el sustantivo σωφρονισμός, tiene que ver con una mente sana, capaz de controlar las acciones. Produce entereza de ánimo, disciplina personal y autocontrol.[xiv]

En cuanto al segundo paso del modelo transformativo pentecostal, contextualizar los principios bíblicos en la realidad sociocultural, surgen algunas preguntas: ¿es posible hacer del dominio propio (y el fruto del Espíritu en general) una práctica habitual en el contexto contemporáneo de la iglesia?, ¿pueden los creyentes de este tiempo llegar a comprender, verificar y aplicar las verdades eternas de la palabra de Dios para lograr una mejor salud mental?

De manera convincente y entusiasta debiéramos responder que sí. No obstante, estas metas se vuelven desafiantes cuando desarrollar y aplicar el fruto del Espíritu se da en un contexto de la historia donde las estadísticas llegan a ser devastadoras: los miembros de las iglesias se divorcian de sus cónyuges con la misma frecuencia que lo hacen sus vecinos inconversos; los miembros de las iglesias maltratan a sus esposas con la misma asiduidad que lo hacen los no creyentes … y que de los evangélicos con un “alto grado de compromiso” un número cada vez mayor de jóvenes cree que el sexo prematrimonial es aceptable antes de casarse.[xv] Además, vivimos en un contexto de la historia donde existen las tasas más altas de problemas de salud mental entre los adolescentes. Según datos de la OMS, en el mundo, uno de cada siete jóvenes de 10 a 19 años padece algún trastorno mental.[xvi]

Por esto, debido al actual contexto sociocultural, las emociones mal gestionadas y alejadas de su función primordial, pueden llegar a socavar la salud mental del joven, sobretodo, si vive en constantes frustraciones, donde él/ella siente que ha hecho mal las cosas y que ha fracasado, imperando en su mente una forma de autoevaluación negativa que le dice que no sólo se ha fallado a sí mismo, sino también a los demás, incluyendo a su familia y a Dios. Por otro lado, el temor a la exposición y a sentirse avergonzados, no sólo les va a limitar en su vida personal, sino además en participar en situaciones sociales, coartando la posibilidad, por ejemplo, de servir junto a otros en el ámbito ministerial. Y si asumen el desafío, al tiempo después renunciarán a sus cargos, quedando aún más convencidos de que no sirven para la obra del Señor. Todo esto que ocurre en la vida del adolescente contemporáneo, exige la urgencia de ayudarlos a trabajar en aquello que les genera profundo malestar y sufrimiento.

Respecto a la articulación de una teología de las emociones – que correspondería al tercer paso del modelo – se advertirá en la Biblia que ellas se encuentran dentro del diseño de Dios para las personas, y que el fruto del Espíritu no viene a reemplazarlas, sino a enriquecerlas, santificándolas, y ayudando al joven creyente a regular más efectivamente su mundo emocional.

En esta misma línea, se debiera enseñar a las nuevas generaciones, por ejemplo, que la ira en sí misma no es pecado, sino lo que hacemos dominados por la ira es lo que determina si pecamos (Ef. 4:26). Y también enseñar (y mejor modelar) habilidades socioemocionales que ayuden a solucionar rápidamente el conflicto interpersonal, de modo de llegar a un estado de reequilibrio emocional de paz, y de reconciliación con el prójimo (Ef.4:26-27).

Los adolescentes deben comprender que la gracia de Dios les capacita y provee los recursos espirituales para hacer frente a sus pasiones desordenadas (Tit. 2:11-12; 2 Ti.2:22), como pueden ser los impulsos sexuales descontrolados, la ira desregulada, y la timidez y vergüenza exacerbadas. Y que en la medida que crezca en este aprendizaje, logrará mayor madurez espiritual, lo que abrirá el camino para atreverse a ocupar los dones y habilidades que el Espíritu le ha regalado para responder a su llamado ministerial (2 Ti.1:6-7).

En cuanto al cuarto paso del modelo transformativo, que en este caso es la aplicación práctica del aprendizaje bíblico del fruto del Espíritu a la regulación emocional, ello implicará intencionar aún más el desarrollo de nuevas habilidades, para que se haga una realidad en la vida del joven. El apóstol Pablo en su trabajo de mentoreo, motiva a los creyentes de Éfeso y Colosas, a que de manera decidida puedan desarrollar habilidades socioemocionales y espirituales, con el objetivo de cambiar actitudes y hábitos antiguos, trabajando también en su problema de regulación emocional (Ef.4:17-32; Col.3:1-17)). Siguiendo el mismo criterio, y refiriéndose al consejo práctico de Pablo a Timoteo respecto de sus ansiedades y temores (2 Ti.1:7), Horton alude que “el creyente no se desembaraza de esos temores que impiden testificar para el Señor o hacer su voluntad con solo sentarse al sol y absorber la lluvia. El creyente tiene que decidirse y luego hacer lo que sabe que debería hacer. En otras palabras, tiene que cooperar con el Espíritu en la disciplina de sí mismo, si es que ha de crecer el fruto del dominio propio.[xvii]

A continuación, se exponen (la lista no está agotada) algunos lineamientos para mentorear o hacer consejería pastoral con un joven que necesita regular su timidez y vergüenza, haciendo uso del dominio propio bíblico:

  • Identificar y cambiar los pensamientos distorsionados que le generan ansiedad. El joven debe aprender primeramente a tomar consciencia y reconocer sus pensamientos distorsionados que se refieren a los otros (“los demás son mejores que yo en esto…”, “seguro me rechazarán por..”) y los que se refieren a sí mismo (“soy un cobarde”, “no podré lograrlo”). Luego deberá contrastarlos con la Palabra de Dios, para derribar los falsos argumentos, y sujetar su mente a la obediencia de Cristo (2 Co.10:4-5). Ahora su nueva creencia será: “lo que hago es para el Señor, y no para que me evalúen las personas” (Col. 3:23); “Soy más que vencedor por medio de Dios que me amó” (Ro.8:37).

 

  • Exposición a las situaciones sociales evocadoras de ansiedad. El joven tímido que sufre de ansiedad social, por ejemplo, aumentará su autoeficacia personal y confiará en sus capacidades sólo en la medida que se atreva a enfrentar sus temores, exponiéndose por fe a las situaciones gatilladoras de ansiedad (Jue.6:11-16; Je.1:4-12; Dt.31:6-8).
  • Aprender a desarrollar nuevas habilidades socioemocionales. Aquí se incluyen el manejo de la comunicación asertiva, expresión y buen uso de la comunicación no verbal, aprender a identificar y aceptar sus emociones (“esto que estoy sintiendo es tristeza”); aprender a regular rápidamente emociones intensas “actuando de forma opuesta al impulso” (Mt.5:44); aprender técnicas de relajación (por ej. respirar hondo) cuando se va a enfrentar una situación social que le genera ansiedad, etc.

El último paso del modelo transformativo pentecostal – ministrar de forma pragmática para responder a la necesidad integral de las personas desde una perspectiva eterna – podría en este caso, proponer una estrategia pragmática que apunte hacia un trabajo organizado y sistemático que incluya la consejería pastoral de los más jóvenes y/o programas de mentoreo que complementen al discipulado tradicional, y que en su objetivo más importante busquen motivar a los adolescentes para el desarrollo de nuevas habilidades socioemocionales, propendiendo así al desarrollo de una salud integral optima (Lc.2:52). Todos los pasos anteriores del modelo son necesarios si deseamos que los futuros pastores, maestros, plantadores, misioneros, y otros, sean personas sanas, no solamente en cuanto al conocimiento y defensa de nuestra doctrina pentecostal, sino además en su vida personal y familiar.

Bibliografía

[i] Ron Hawkins & Tim Clinton. El nuevo consejero cristiano: Un enfoque bíblico y transformador (Miami, FL: Editorial Patmos, 2018), 115.

[ii] Gross & Thompson, Handbook of emotion regulation, en: Michel Reyes & Edgar Tena, Regulación emocional en la práctica clínica: Una guía para terapeutas (Ciudad de México: Editorial El manual moderno, 2016), 36.

[iii] Reyes y Tena, Regulación emocional en la práctica clínica, 39.

[iv] Leahy, R. L. Tirch D. & Napolitano, Emotion Regulation in Psychotherapy: a Practitioners Guide, en Reyes y Tena, 39.

[v] Lucas Leys. Liderazgo generacional (Dallas, Texas: Editorial e625, 2017).

[vii] Guy P. Duffield & Nathaniel M. Van Cleave. Fundamentos de teología pentecostal (Bogotá: Editorial Buena semilla, 2006), 182.

[viii] Stanley Horton. El Espíritu Santo revelado en la Biblia (Miami, FL: Editorial Vida, 1998), 169.

[x] Samuel Pérez Millos. Comentario exegético al texto griego del N.T. 1 y 2 Timoteo, Tito y Filemón (Barcelona: Editorial CLIE, 2016), 301.

[xi] Gordon Fee. Comentario de las Epístolas a 1 y 2 de Timoteo y Tito. (Barcelona: Editorial CLIE, 2008), 263.

[xiii] Samuel P. Millos. Comentario exegético al texto griego del N.T. 1 y 2 Timoteo, Tito y Filemón, 300.

[xv] Peter Scazzero. Espiritualidad emocionalmente sana (Nashville, Tennessee: Editorial Vida, 2020), 27.

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