¿Exageramos los pentecostales con las lenguas?

 

Por Edgardo Muñoz

.La glosolalia es, sin lugar a duda, la principal característica de los pentecostales. Aquel día de Pentecostés, las lenguas llenaron la habitación, y desde entonces Pentecostés suena como sinónimo de las lenguas. En nuestra necesaria autocrítica nos preguntamos si este don no se ejecuta abusivamente. Los que no comparten la doctrina pentecostal suelen pensar que los pentecostales sobredimensionamos el hablar en lenguas. Como un esfuerzo por lograr el pretendido equilibrio, los neopentecostales plantean bautismos en el Espíritu Santo sin lenguas, llenuras periódicas y un don de lenguas destinado solo a algunos creyentes.

Sabemos muy bien que una relativización de la frecuencia con que los dones pentecostales aparezcan debilitaría su manifestación al punto de volverse en fenómenos esporádicos, como en los siglos pasados. Lo sobrenatural siempre ha sido un terreno de inseguridad para los mortales, por depender de Dios y escapar del control humano. Todos solemos decantar en lo seguro, predecible y controlable, para evitar las incertidumbres. De ser las lenguas una opción más, cada vez menos cristianos las anhelarían.

La resistencia que, desde algunos sectores de la cristiandad existe hacia el hablar en otras lenguas, proviene del aparente desorden que se produce cuando la manifestación irrumpe en una reunión.

Pablo recomienda en su tratado de teología práctica de 1 Co. 14.40 que todo se haga decentemente y con orden. El término griego euschemonos literalmente significa “bien tenido”, lo que se puede traducir, por su etimología y uso, como “dignamente”, “apropiadamente”, “adecuadamente” u “honradamente”. Por su parte “orden” (gr. taxin), no tiene nada que ver con nuestro concepto estético del tal, sino que, más bien, significa secuencia, sucesión, turno, lugar señalado. En He. 5.6 se emplea el vocablo para designar el orden de Melquisedec. En Col. 2.5, alude a taxis, en el sentido de buen orden, es decir, hacer lo que se debe. También Lc. 1.8 menciona a Zacarías, a quien le tocaba oficiar su sacerdocio “según el orden de su clase”, como una manera de señalar que le correspondía por el turno asignado.

Concluimos, entonces, que el orden al que se refiere Pablo no tiene nada de estético, sino práctico. El orden estético responde a los conceptos culturales y del buen gusto de cada pueblo. Podemos visitar un servicio cúltico de alguna aldea en África y terminaríamos asustados del tipo de “orden” con el que administran la reunión. En Gran Bretaña las cosas serían muy distintas. A su vez, en Corea del Sur hallaríamos otra manera diferente.  Sin embargo, cada congregación defendería su buen orden estético. En cambio, el orden práctico se relaciona con la economía de la liturgia, en la que se busca el mayor provecho y las mínimas pérdidas de tiempo.

Si se hiciese formar una fila de personas, de acuerdo con su estatura, peso, o tal vez edad, no habría dificultades en advertir un tipo de orden. En cambio, si se les indicara formarse de acuerdo con el tiempo de convertidos, o conforme a la cantidad de primos que cada uno tiene, a la simple vista se diría que se trata de una fila sin orden. Pero el orden existe.

Otro argumento desfavorable a nuestras prácticas carismáticas se fundamenta en 1Co. 14.28: “Si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios”. Deberíamos tener en cuenta que, en el contexto en el que se hace esta declaración, el imperativo de callar posee un carácter hiperbólico. Consideremos que Pablo afirma que las lenguas son para la propia edificación (1Co. 14.4) por tratarse de un diálogo íntimo con Dios (1Co. 14.2). La única manera de edificar a los demás con el hablar en lenguas en una congregación, se da cuando surge un intérprete. El don de interpretación se manifestará cada vez que Dios quiera comunicar algo a los congregantes, pero no ocurrirá cada vez que se oigan lenguas y se nos antoje interpretarlas.

Por lo tanto, cuando un hermano comienza a hablar en lenguas en voz alta, debería estar atento a la presentación de un intérprete, y hasta aguardar unos instantes de silencio para darle oportunidad. De no haberlo, debe asumir que sus lenguas son para su interpretación privada, por lo que sería sumamente egoísta paralizar el curso de un culto, para que los concurrentes se queden, pasivamente observando, cómo el hablante se edifica a sí mismo durante largos minutos. Esa sí sería una pésima economía litúrgica. La decencia del que habla en lenguas, sin hallar intérprete, consiste en bajar el volumen de su voz, de tal manera que no perturbe al de al lado.

Este procedimiento armoniza perfectamente con lo que Pablo termina diciendo: “y no impidáis el hablar en lenguas” (1Co. 14.39).

No olvidemos que Pablo apela al sentido práctico del ejercicio de los dones, y que, por lo tanto, ese consejo no posee un carácter sagradamente inalterable. Más allá de la instrucción paulina, impera el criterio planteado, que es el buen aprovechamiento y la adecuada percepción del momento. La prueba de que 1 Co. 14.28 no posee carácter absoluto, sino práctico, se advierte en el día de Pentecostés, cuando los ciento veinte hablaban al mismo tiempo y en diferentes idiomas. Tal evento ocurrió por primera vez, y sin precedentes. Hacía falta una intervención unilateral de Dios, que se impusiera a la voluntad de aquellos bautizados. Hoy sabemos que tenemos a disposición esta bendición espiritual y basta con que simplemente abramos nuestra boca. Pero en Pentecostés el efecto se produjo espontánea y sorpresivamente. Se trató de una verdadera explosión. Aquel día, la acción del Espíritu Santo no se ajustó a los consejos de Pablo, simplemente porque las circunstancias y objetivos en Hechos diferían de las de Corinto.

En la actualidad necesitamos explosiones en las que el Señor derribe prejuicios e inhibiciones. Los avivamientos surgen como consecuencia de algún detonante que causa un tipo de desequilibrio. El equilibrio produce estática, mientras que los desequilibrios movimiento. El día de Pentecostés se caracterizó por alteración del orden estético y rutinario, confusión, malas interpretaciones, pérdida de control y una enorme atracción de personas. Cada tanto las congregaciones deberían tener sus momentos desencadenantes, en los que muchos se atreven a hacer lo que antes los atemorizaba, descubren un mundo nuevo y comienzan a caminar la vida cristiana de otra manera.

Luego de la explosión llegó la explicación, en la que Pedro dio el sentido teológico a la experiencia, expuso la Palabra de Dios, y de esta manera enmarcó lo vivido para que no quedara como un mero fenómeno para olvidar. Finalmente llega la aplicación, que hallamos en 1Co. 14, donde se incorpora a la vida cristiana cotidiana lo aprendido, de tal manera que forma parte del culto.

Como dijimos con anterioridad, el hablar en lenguas, según se observa en las Escrituras, es el único don para la edificación personal. No nos habla la Biblia de otro don con estas propiedades. Frente a este pensamiento podemos llegar a las siguientes conclusiones.

PRIMERO: No hay límites para su ejercicio, al igual que la oración, el congregarse y la lectura bíblica, que también son para edificarnos. El texto que analizamos muestra una fuerte tendencia al uso frecuente de las lenguas en privado. No hay horario, no hay lugar, no hace falta esperar al horario de culto para soltarlas. Pero tampoco se deben evitar en el culto.

SEGUNDO: Mientras que los otros dones dependen de la voluntad de Dios, lo cual pone límites a su ejercicio, las lenguas dependen de la voluntad humana (1Co. 14.9-29), y están siempre a disposición. Uno de los verbos relacionados con el descenso del Espíritu Santo, caracterizado por las lenguas, según lo afirmamos, es el verbo “recibir” (gr lambano) que hace recaer la responsabilidad de la recepción en el receptor mismo. Es como recibir a una persona. Asimismo puede significar “tomar” servirse, expresión que pone al humano en posición activa. Recordemos que, según las instrucciones de 1Co 14, debemos decidir en cómo, el dónde y el cuándo hablar en lenguas. A esto se le llama buena administración.

TERCERO: Queda justificado que el bautismo en el Espíritu Santo se manifiesta con la señal inicial, externa y uniforme de hablar en lenguas, porque otros dones no tendrían una oportunidad continua. Para bautizar, Dios no atiende en horario de oficina NI DEL HORARIO DE CULTO. El bautismo, puede ocurrir en cualquier momento y lugar, por consistir en el derramamiento de un don que edifica al mismo que lo ejerce.

CUARTO: Las lenguas son para todos, sin excepción.  1Co. 12.28-31 suele emplearse para comprobar que las lenguas no son para todos. Pero a la pregunta retórica de Pablo: “¿hablan todos lenguas?”, le sigue: “¿interpretan todos?”. Esta combinación de interrogantes pone el foco en las lenguas, como medio de edificación a los demás en medio del Cuerpo de Cristo. La obvia respuesta es que no es para todos que Dios les conceda hablar en lenguas para hablar a su pueblo mediante la interpretación. En cambio ES PARA TODOS EL HABLAR EN LENGUAS PARA LA PROPIA EDIFICACIÓN.

QUINTO: Cuando Dios desea edificar a un tercero, a través de las lenguas, proveerá un intérprete o hará hablar en una lengua humana entendible por ese tercero, en caso de ser extranjero. 1Co. 13.1 comenta acerca de lenguas de hombres (idiomas) y lenguas de ángeles (lenguas ininteligibles). Las primeras se observan en Pentecostés. Fueron señal de lo que Dios estaba haciendo y desencadenaron la conversión masiva de personas. Las leguas atribuibles a los ángeles no son precisamente las que ellos hablan, sino, que a manera de sinécdoque, y por contraste, son lenguas no entendibles por ningún hombre en la tierra. A veces oímos decir que “fulano de tal habló en chino” porque las lenguas sonaban a nuestros oídos como si fuera chino. Para desilusión de algunos, si el Señor hace hablar a alguien en chino, sin saber esta lengua, ES PORQUE ALLÍ HAY UN CHINO QUE NECESITA OIR UN MENSAJE QUE DIOS TIENE PARA ÉL.

Por su lado, las lenguas ininteligibles tienen dos posibles propósitos: 1- La edificación personal de quien las habla o 2- Hablar a los que se hallan presentes. Para el segundo propósito hace falta un intérprete, mientras que para el primero habrá que salirse del foco de atención de los presentes, para evitar distracciones innecesarias.

SEXTO: Sería provechoso que todos hablaran muchísimo en lenguas, y que no se les impida, pero si se trata de edificación personal, por no haber intérprete, se hable en un volumen que no altere la reunión. No confundamos “intérprete” con “traductor”. La palabra griega que se emplea para intérprete es: diermeneutes que pertenece a la familia de palabras de nuestra amada hermenéutica. Cuando se traduce, simplemente se cambian las palabras y frases a otro idioma, pero se respeta una sintaxis y las traducciones se rigen por normas fijas. Las lenguas como señal, no poseen traducción sino interpretación, en la que no existe correlación entre lo que dice el emisor y lo que expresa quien interpreta. La dinámica misma cambia. El intérprete no decodifica absolutamente nada de lo que oye, sino que el mismo Señor que da el mensaje en lenguas al hablante, da el significado al intérprete.

Esta dinámica nos deja una interesante combinatoria. Puede haber un mensaje muy largo en lenguas y una brevísima interpretación o viceversa. Puede hablar uno solo en lenguas y aparecer varios intérpretes, o exactamente lo opuesto.

En conclusión, las lenguas son un maravilloso don que nos permite comunicarnos con Dios secretamente (Ro. 8.26, 1Co. 14.2), y así ser edificados. Pablo manifiesta su preferencia en que todos hablen en lenguas, aunque en público convienen las lenguas con interpretación o la profecía para el buen aprovechamiento (1Co. 14.5). Así y todo solicita que no se prohíba hablar en lenguas en los cultos (1Co. 14.39). Él mismo, particularmente practicaba con mucha frecuencia el hablar en lenguas. (1Co. 14.18)

No descuidemos esta herramienta poderosa que nos acerca más al Señor, fomentemos en nuestras congregaciones esta bendición que se halla al alcance de todos. Conservemos la efervescencia que derivó en un mayor compromiso con la Gran Comisión. Los pentecostales no exageramos las lenguas, simplemente hacemos justicia a las verdades que algunos pretenden esconder. Definitivamente, no exageramos, sino que aprovechamos este recurso sobrenatural. Somos defensores de una verdad oculta al racionalismo. Velemos porque no se extinga.

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