“De los cuales el mundo no era digno”: una reflexión acerca de la trascendencia en Hebreos 11

Por Coco Canto

 

 

Aunque encontramos un gran número de piadosos aludidos en todo lo que se conoce como “el museo de la fama” en el capítulo 11 de la epístola de los Hebreos y llevaría, para el maestro común de la iglesia, varias clases explicar las hazañas, circunstancias y problemáticas de cada uno de ellos, existe un ethos que permea en todo el mensaje que el autor quiere transmitir acerca de este vitral de venerables ejemplos en la tradición judía.

Pese a que algunos héroes de manera explícita y otros implícita hacen su aparición en el desfile triunfante de la perseverancia cristiana, todos comparten dos cosas importantes:

1) Tenían una fe, (Gr. πίστις, pístis) que de ninguna manera evocaba pasividad o solamente una recepción de cierta articulación mental o intelectual, sino que generaba acción y obediencia. El diccionario griego más autoritativo BDAG, editado por Danker, traduce la “fe” como lo que suscita confianza; además que también puede describir un compromiso y fidelidad, como primeras opciones de significado.[1] En contraste con los israelitas del 4:2, su fe está en un nivel más alto que simplemente escuchar la predicación cristiana.[2]

2) Esta fe traducida en lealtad estaba anclada en una promesa de parte de Dios, la cual no era visible en aquel momento para sus receptores, aunque ya para el creyente que debe mirar a Cristo como al autor y consumador de ella (Heb. 12:2). Lo asombroso, quizá, para los que parten de la historicidad material, es que esto es una paradoja para el hombre común. La continuidad del tiempo, por ende, no le permitiría creer, que, alguien con un poco de la inteligencia propia de este mundo, se atreviera a poner lealtad en algo no visible y que no pasa la prueba empírica de la percepción fenomenológica.

Ante el asombro que el creyente occidental tiene al escudriñar esta fiesta de reconocimiento, surge claramente la idea de que tal esperanza no fijada en la transitoriedad del tiempo, ni en el mudar de los siglos. Lo que podría ser seguro es que la fe, traducida en lealtad en medio del dolor, tiene que venir por la revelación extra-mundo que toca el tiempo. Aquí nos pudiéramos remitir al primer Karl Barth, quien hastiado por las repercusiones del pensamiento liberal en reconstruir a un Jesús histórico – a su imagen y semejanza– relevante para la fe moderna, exclamó acerca de la revelación, que Dios “ha tocado el mundo, pero lo toca como la tangente toca al círculo, y justamente en cuanto que no le toca, lo toca como su limitación, como mundo nuevo”.[3] Dios no puede venir de nosotros mismos, sino que aquel “Completamente Otro” ha decidido revelarse, por lo tanto, la fe en Cristo, es la negación del yo, pero la aceptación del sí de Dios; por lo que, existe una discontinuidad entre la historia y la revelación del Mesías divino.

Esto encajaría muy bien, en cierta manera, con aquellos personajes vetereotestamentarios que quizá en una forma existencialista primitiva, antes de Cristo abrazan una fe que podría ser análoga al saltar a un vacío oscuro. Si este es el caso, quizá tal dignidad explique porque el mundo los despreciaba y los tenía por locos. Sin embargo, para Dios valían mucho, pues reflejaban un soberbio compromiso y confianza en su mano, que el mundo no puede entender, de allí que se diga, “el mundo no era digno de ellos” (Heb. 11:38).

Barth, después, cambió de pensamiento y matizó alguno de sus puntos en Dogmática Eclesial, lo que claramente, también en cierta medida, se ajusta más a una verdad más equilibrada de la revelación bíblica. En cuanto es verdad que la teología natural puede desembocar en la fe del Anticristo,[4] tal como diría Barth, la revelación puede tener cabida de una manera más plena en la historia, aunque no por medio de ella. Estos héroes, aunque seguirían siendo locos para el presente siglo malo, y éste, en definitiva, indigno de ellos, invitan al lector a no poner una fe ciega a un vacío inesperado, sino al Dios que actúa a través de la historia con revelación y promesa. Podríamos decir que lo invisible, no es necesariamente incoherente para la fe, porque un Dios Invisible puede prometer y cumplirá.

Ciertamente, los estudios apocalípticos de Jesús y de Pablo, hasta ahora han ayudado para darnos cuenta de cómo el Nuevo Testamento no puede entenderse sin “apocalíptica”, ya decía Kässeman, aquel discípulo de Bultmann, que “la apocalítica se ha convertido en la madre de toda teología cristiana”[5], basado en la “epifanía del Hijo del Hombre que vendría en su entronización”[6] concepto ya encontrado en la literatura apocalíptica judía del segundo templo. Lo rescatable de esta nueva búsqueda post bultmianna del Jesús histórico es que no se atreve a separar al Jesús de la Historia con el de la fe. Lo que es más, a diferencia de Bultmann, no se entiende la fe en términos existencialistas donde se debe despojar la apocalíptica y el mito del Nuevo Testamento, para entender el kerygma que lleva a uno a una verdadera existencia de bien. En su lugar, se acepta que tanto Jesús y los apóstoles, ven el mundo como un campo de batalla de fuerzas hostiles anti-Dios que esclavizan a los seres humanos y esto debe seguir siendo observado si se espera que la fe novotestamentaria se mantenga intacta. Cristo, como apocalypsis (ἀποκάλυψις), es el que interviene en el tiempo para rescatar al género humano de su esclavitud.[7] No hay manera entonces, de remediar la miseria humana sino de la intervención escatológica de Dios para cambiar los corazones y detener el presente siglo malo, cosa que la Ley, nunca ha podido hacer.

Lo escatológico permea el cristianismo primitivo, y el autor de Hebreos no es inmune a reinterpretar la trama del Antiguo Testamento a la luz de lo que el Mesías ha hecho como revelación de lo por venir. Basta solo con mirar, que el creyente disfruta de la “era por venir” –concepto judío donde la resurrección es llevada a cabo–[8] a través de los poderes del Espíritu Santo (Heb. 6:5), sin embargo, es muy probable que creyera que los antiguos no habían accedido a tan gran repartimiento de los regalos del tiempo de Dios que abraza el nuestro, en dado caso, como una nube de testigos (Heb. 12:1)que sirven al cristiano como ejemplos intachables para permanecer firmes. Ser aludidos funciona entonces, como una guía para que los fieles, con más razón, o a fortiori[9] por la promesa delante de ellos –que los otros ni siquiera pudieron mirar de cerca– perseveren en su camino a la meta.

Con esto en mente, se puede sostener que el mundo es indigno de esos creyentes del Antiguo Testamento por su amor a lo trascendente, al Dios que se revela, pero es “completamente otro”, quien no puede ser asimilado por la creación. El Dios quién formó el mundo ex nihilo (Hb. 11:3), no por medio de un monstruo primigenio y no fue creado por nadie, quien no tiene principio ni fin (Hb. 3:18). Esto trascendente se puede mirar desde dos aristas importantes, primero, por la promesa no recibida, y por lo que no se ve, pero se espera con toda confianza.

 

1. Promesa no recibida.

No recibieron lo prometido” (Hb. 11:39). Como todo judío influenciado por la apocalíptica, para nuestro autor la historia es reinterpretada a través de lo nuevo y la revelación, que da entendimiento de todo lo que otros no habían comprendido completamente.

Aquí, tal como dice Tomas Schreiner, los santos del Antiguo Testamento: “Reconocieron que debían esperar la plenitud de la promesa, que la promesa se realizaría escatológicamente. La promesa aquí es otra forma de hablar de la herencia final”.[10] Esta es claramente una alusión al Nuevo Pacto, a “lo mejor” que cumple plenamente las sombras que se dieron como antelación a lo completo. “El evento Cristo no es una bendición culminante después de una seria de bendiciones parciales. Es la inversión de la maldición en bendición”.[11]

Sin duda alguna, la bisagra que une a lo obsoleto de lo nuevo y mejor es la fe; y no pudiera ser de otra manera, el apóstol Pablo incluso articula de una forma parecida, aunque no exactamente igual, la relevancia de la fe en cualquier lugar del tiempo (véase, Romanos 4 con Abraham). El autor de Hebreos cree que la irrupción de Jesús en el mundo y su muerte marcan el fin de una época para dar lugar a una nueva que da una conciencia limpia a los creyentes que antes no se efectuó de la misma forma, por más que mucha sangre haya sido derramada (Heb. 9:14).

En un sentido hay discontinuidad en los efectos cósmicos que el Mesías ha logrado por su pueblo con la historia humana anterior a esta irrupción escatológica, pero en otro sentido, la fe firme y no vaciladora sigue siendo el instrumento con el que Dios salva y bendice a su congregación a través del pasar del tiempo (Heb. 11:6) por lo que hay continuidad en el plan celestial del tiempo de Dios. Esta fe es la que conecta al pueblo del Nuevo Pacto, con el Antiguo; los ejemplos de estos héroes no solamente son vitrales en una catedral ajena a nuestro contexto, sino que, aunque recibiendo diferentes beneficios son ellos destinatarios de la promesa, así como los creyentes en Cristo. Ambos, son perfeccionados (11:40) y la recibirán.

Curiosamente, Abraham no vio la totalidad del cumplimiento de lo prometido, a saber, que en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra (Heb. 11:12; Cf. Gen. 12:2-3), pero sí observó con sus propios ojos que, del vientre supuestamente infértil de su mujer, nacía el hijo prometido (Heb. 11:11), milagro que anunciaba la intervención culmen de Dios en algún momento. Así, la promesa y la actuación divina en la historia reflejan que el anuncio dado era totalmente confiable, aunque no era el evento en sí mismo. Que Enoc fuera traspuesto al cielo (11:5; Cf. Gen. 5:24) no es “la plenitud” o una “etapa de la promesa” porque claramente, todos estos “vieron de lejos lo prometido” (Heb. 11:13), lo saludaron y lo creyeron, pero no lo recibieron. Los creyentes del Nuevo Pacto, pese a que tampoco han recibido toda la herencia de una nueva creación y la resurrección de sus cuerpos, están un paso más alto (o mejor, radicalmente diferente) de los beneficios anteriores, porque tienen consigo la fe de Cristo, autor y consumador de su convicción (Hb. 12:2) y en cierta medida, participan ya de los beneficios de lo por venir.

John M. Barclay tiene razón cuando dice: “lo que sucede en Cristo no [es] un proceso de maduración, sino… una transformación, creada por una interrupción del tiempo”.[12] Lo que nos lleva a al siguiente punto. Dado que el “pre-anuncio” tiene connotaciones escatológicas que no habían irrumpido la historia humana antes de Cristo, ¿de dónde venía la fuerza de los patriarcas para sostenerse?

 

2. Sostenimiento en lo invisible

La antropología bíblica vetereotestamentaria cambia radicalmente a la luz del evangelio y las bendiciones escatológicas que el pueblo de Dios tiene. Mientras algunos rabinos de los tiempos de Jesús, y una facción farisea creía que, si todos los israelitas obedecían la Torah en su totalidad, el Mesías vendría, Pablo y el autor de hebreos ponen la tradición judía de cabeza al explicar su revelación del evento Cristo, en que el Espíritu eterno limpia realmente los corazones a parte de la Ley (la Ley no puede hacerlo).

Así también había un entendimiento popular y religioso de Abraham como un hombre perfecto e intachable que por su piedad había sido acepto por Dios. Algunos judíos sostenían que Abraham había cumplido la Ley aun antes de que esta se promulgase: “encontramos que nuestro padre Abraham había cumplido toda la Ley antes de que fuera dada” (Kidd. 4:14); “Abraham fue perfecto en todas sus obras con el Señor” (Jub. 23:10). Sin embargo, dado el evento Cristo, tal confianza en la carne, y en la Torah, no podía sostenerse (véase Rom. 4:2 donde posible jactancia en la Torah queda injustificada en Abraham).

El autor de Hebreos, por tanto, no propone que la seguridad de la confianza en la promesa provenía en cada héroe de su rectitud ante la Ley –como si la ley, representando el esfuerzo humano, sea un proceso más de la promesa que se ve en la historia– sino en su fe en el Dios trascendente, que no puede ser contenido en ningún templo. Por el contrario, el creador de la homilía se basa en el tiempo de Dios para la seguridad de que la promesa se llevaría a cabo, aunque estos no le vieran.

Es impresionante, como seguramente a la luz del evento apocalíptico de Jesús, el autor de Hebreos dice que Abraham realmente se dio cuenta de que había “una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto es Dios” (11:10), por ello, pudo ser extranjero, peregrino y forastero. Estos héroes sabían que tenían una “patria celestial” (11:16a), una que no puede verse con una visión de la carne y sujeta al siglo malo, sino en la irrupción del Dios Poderoso que hace que su promesa se lleve a cabo. Justamente, esta contrariedad a la debilidad del cuerpo es expuesta cuando se retrata a Moisés rechazando el poder y el pecado, sosteniéndose en el Invisible (11:27). Las grandes hazañas de todos estos hombres y mujeres no fueron alcanzadas por el simple hecho de que veían en ellas el cumplimiento de la promesa, pues no la recibieron, sino en el Dios Trascendente que domina la historia y el tiempo y haría lo que había prometido. Una conciencia celestial, estaba en boga en cada uno de ellos por la revelación de Dios y su poder milagroso.

No debe pensar el lector atento que el homileta judío autor de Hebreos estaba influenciado por el platonismo mostrándonos una dualidad entre el mundo terrenal, y el mundo perfecto de las ideas. Simplemente, la perspectiva apocalíptica permite ver, cómo la revelación de Dios y su tiempo pueden irrumpir el nuestro y cómo estos héroes esperaban la resurrección y seguramente, la limpieza del pecado (11:19; 35). Mejor ejemplo no puede dejarse pasar cuando miramos a los implícitos torturados del versículo 35 que seguramente evoca al escrito judío 4 de Macabeos, donde una mujer con sus hijos piadosos, entre ellos Eleazar, es contrastada con las viudas de los relatos de Elías y Eliseo que obtuvieron la resucitación de sus hijos. La madre judía es muerta y torturada junto a sus vástagos por Antíoco Epífanes debido a su fe y lealtad a YHWH. Mientras eso sucede hay un diálogo que evoca el lenguaje celestial de Hebreos. Aquellos jóvenes podían ser dañados en el cuerpo pero no en su alma (4 Mac. 10:4). Y que, aunque sus cuerpos perecerían por los tormentos, sabían que estarían con Abraham y antepasados que en Dios no mueren como no murieron tampoco Isaac y Jacob (4 Mac. 7:19).

Aunque alguna lectura de 4 de Macabeos, podría parecer reflejar la idea platónica de la inmortalidad del alma, el autor de Hebreos sostiene la resurrección (ya ha dado un guiño de ello en su mención a Abraham sacrificando a Isaac en el versículo 19), pues dice que estos no aceptaron el rescate, sino que querían una mejor resurrección (Heb. 11:35; lo que podría corregir la percepción tradicional macabea en la “vida indestructible” ganada por Cristo, véase Heb. 7:16) y segunda venida. Sin embargo, el aspecto trascendente e invisible sigue salpicando toda su homilía. El autor de Hebreos no niega un reposo celestial donde están los espíritus de los fieles y justos (12:22-23), empero aquel momento no es la herencia de los santos, sino la resurrección; si fuera así, Enoc hubiera recibido lo “prometido”. Como quiera, la temática de “La Jerusalén de Arriba o del Cielo” (Heb. 12:22; Cf. Gal. 4:26), denota el desapego que el cristiano tiene de la confianza en la vieja era, y en su lugar, abraza la nueva vida del Reino que tiene lugar solo por la intervención divina.

 

Conclusión

Dado que estos hombres y sus vivencias fueron parte del anuncio, pero no de la promesa, queda solamente creer que aquellos se mantuvieron firmes en un mundo de caos y dolor por la presencia de lo eterno en sus vidas. Saber que el Ser Perfecto y Trascendente, por medio de revelación incompleta, les había hablado personalmente, guiándoles, y que eso era suficiente para que pudieran llevar a cabo lo que Dios quería para cada uno de ellos, debe gestar en nosotros el deseo de llegar a la meta y a asirse a Dios, pues tenemos mejores promesas (Heb. 8:6). Ellos son testigos de que debemos correr con perseverancia.

 Por supuesto, aquí embona perfectamente la razón por lo que el mundo desprecia a todos los que ponen fe en el Dios Invisible, pues cada ser humano que abraza la visión mundana de la vida remite el conocimiento del bien y el mal a los ídolos culturales y a su propio entendimiento al presente siglo malo sujeto a un exilio espiritual interminable. Por lo tanto, el mundo como sistema contrapuesto a Dios, invadido y esclavizado por los rudimentos y potestades, no es un lugar digno para los creyentes de todo tiempo. Para el mundo la creencia en un Dios verdadero y fiel seguirá siendo una locura, y por lo tanto, el pueblo de YHWH y ahora, de Cristo, debe comprender que “si… esperan ser aceptados y alabados, deben replantearse las cosas a la luz del A.T. El pueblo de Dios siempre ha sido un pueblo minoritario, un pueblo peregrino, y a menudo despreciado y abandonado.”[13]

Los héroes vetereotestamentarios que, con todas esas limitaciones espirituales y morales se mantuvieron en el Invisible, fueron puestos en este precioso museo de la fama porque se dejaron envolver por lo Trascendente y la fidelidad del Señor. El sentido a fortiori sigue retumbando en nuestra reflexión: ¡Si ellos pudieron, cuanto más nosotros que tenemos más de cerca la promesa! ¡Si ellos perseveraron, cuánto más nosotros debemos seguir el camino de la fe y el andar cruciforme de aquel Mesías que nos amó y dio su vida para limpiar nuestras consciencias!}

[3] K. Barth, L’ epostola ai Romani (1922), Feltrunelli, Milano 1962,6.

[4] “Por eso creo que la analogia entis es una invención del Anticristo, y pienso que, por su causa, no se puede ser católico”. K. Barth, Die kirchliche Dogmatik I/1, VIII= Dogmatique I/1/1, XII. Aquí Barth, defendiendo su concepto de revelación y Palabra de Dios, critica la metolodogía católica de adquirir conocimiento de la fe en gran medida de la teología natural.

[5] Citado en, Rosino Gibellini, La teología del siglo XX (Santander: Sal Terrae, 1998), 59.

[7]Tema curiosamente tocado por el autor de Hebreos: “Y librar a los que por temor a la muerte, estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (2:15).

[8] Sin embargo, recientemente Jamie Davies ha desafiado la visión simplista de “las dos eras” como un concepto tardío del judaísmo rabínico y opta por una visión de “periodización del tiempo” y del tiempo de Dios que abraza ya el nuestro e invita al mundo a participar de él. Para más información, veáse, Jamie Davies, The Apocalyptic Paul, (Eugene, Oregon: CASCADE Books, 2022).

[9] Esta herramienta retórica es usada por el autor de Hebreos de manera variada, incluído el castigo por desobedecer al Hijo de Dios, lo que tiene una clara connotación peyorativa escalonada en comparación con la desobediencia del AT. Quebrantar la ley mosaica es grave, pero desobedecer al Hijo de Dios acarrea peores consecuencias (Hb. 2:2-4)

[10] Thomas R. Schreiner, Hebreos, ed. T. Desmond Alexander, Thomas R. Schreiner, y Andreas J. Köstenberger, Comentario Evangélico de Teología Bíblica (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2021), He 11:39.

[11] John M. Barclay, Paul & the power of grace (Grands Rapids, Michigan: William B. Eerdmans Publishing Company, 2020), 94.

[12] Barclay, Paul & the power of grace, 97,

[13] Thomas R. Schreiner, Hebreos, ed. T. Desmond Alexander, Thomas R. Schreiner, y Andreas J. Köstenberger, Comentario Evangélico de Teología Bíblica (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2021), He 11:38.

 

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