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El Siervo Sufriente: Un poema que exalta a Cristo

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Isaías 52:13 al 53:12 contiene el cuarto y último poema del Siervo en la profecía de Isaías, comúnmente conocido como «El Siervo Sufriente». El mensaje central del poema revela una intención divina de lograr la gran exaltación del Siervo de Dios (Is 52:13; 53:10-12), a través de Su profunda y sufriente muerte expiatoria a favor de nuestros pecados (Is 53:4-9), como la cúspide de la liberación final del pueblo de Dios, cuando «todos los confines de la tierra vean la salvación del Dios nuestro» (Is 52:10 RV60).

El contexto del poema del Siervo

En el contexto previo, el Señor exhortó a Su pueblo sufriente a que levantara su semblante caído porque la redención estaba cerca (Is 52:1-6), porque cercano estaba aquel día en que el mensajero anunciaría la victoria de su Rey y los centinelas verían al Señor llegando a Sión para restaurar, consolar y establecer Su Reino (Is 52:7-12). Es un mensaje de gozo exuberante por el retorno triunfante del pueblo; conocido como el «Nuevo Éxodo», dada su similitud con el evento en el que Israel «descendió a Egipto» (Is 52:4). Desde allí fue salvado. De esta manera, la profecía une bajo un mismo suceso la redención y la exaltación del Rey, porque el pueblo bajo opresión de las tinieblas sería redimido cuando Dios llegara a Sion, obtuviera la victoria y fuera exaltado y coronado Rey. Entonces, en aquel momento de gloria, Su pueblo redimido proclamaría: «¡Tu Dios reina!» (Is 52:7).

La identidad del Siervo Sufriente

En ese contexto de opresión, redención y coronación se desarrolla el poema del Siervo dividido en cinco estrofas con tres versículos para cada estrofa (Is 52:13 – 53:12). El poema identifica al Siervo con el pronombre «Él», pero ¿quién es Él? En el libro de Isaías podemos encontrar la frase «Mi siervo» con referencia al profeta Isaías (Is 20:3), al rey David (Is 37:35) o al pueblo de Israel (Is 44:21). Sin embargo, podemos estar seguros que en Isaías 52 – 53 aquel llamado «Mi Siervo» no es ninguno de estos, por estas razones:

1) Según Isaías 53:9, el Siervo sufre y muere aunque «nunca hizo maldad ni hubo engaño en Su boca», pero repetidas veces Israel (Is 40:2; 42:18-25), David (2 S 12:13; Sal 51:1-6) e Isaías (Is 6:6-7) son considerados pecadores a causa de sus transgresiones.

2) Aunque fuera de los poemas del Siervo hay referencias explícitas que conectan al Siervo con Israel, los poemas se distinguen precisamente por el hecho de que dentro de ellos el «Siervo» es presentado como un individuo.

3) En todo el libro de Isaías, cuando los pronombres «nos», «nuestro» o «nosotros» son introducidos de manera abrupta (Is 53:1), siempre es el profeta hablando de parte del pueblo de Israel con quien se identifica.

Él tomó nuestro lugar y por causa de nuestros pecados fue castigado; como resultado tenemos eterna paz y salvación

Entonces, ¿quién es el Siervo? Es Aquel que será «enaltecido, levantado y en gran manera exaltado» (Is 52:13), y tanta será Su gloria que «asombrará a muchas naciones y los reyes cerrarán la boca» (Is 52:15). Pero primero Él debe sufrir en gran manera, pues antes de Su gran gloria, «Su apariencia será desfigurada» (Is 52:14; cp. Lc 24:26; Hch 3:18).

El camino del Siervo Sufriente

El capítulo 53 comienza con dos preguntas: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?» y «¿A quién se ha revelado el brazo del Señor?». De la primera pregunta se infiere que los acontecimientos antes descritos serían inesperados y, tal como había sido profetizado, muchos en incredulidad lo descartarían. Pero de la segunda pregunta se infiere que a otros se les revelará la verdad y creerán.

El camino del Siervo fue inesperado y más aun ante el contraste de la gran gloria prometida y ante la realidad del profundo sufrimiento. El profeta lo describe como un Renuevo tierno en tierra seca, de aspecto repulsivo, insignificante y sobre todo indigno de poner sobre Él nuestra esperanza (Is 53:2). En ese momento de humillación, no vimos en Él un Salvador y mucho menos un Rey exaltado porque estaba cargando toda aflicción, vergüenza y pena sobre Sus hombros. Tanta fue Su carga que, así como quien tiene delante un cuerpo descuartizado y sangriento voltea su rostro por el horror, así lo despreciamos y le llamamos «Varón de dolores».

El propósito del Siervo Sufriente

Tan extensa fue Su carga por nuestros pecados que ciertamente aparentaba que le pertenecían. Tan fuerte abrazó sobre Sí mismo nuestras penas que por un momento era indistinguible saber que la corrupción que cargaba no era Suya, y le consideramos como «azotado, herido de Dios» (Is 53:4), pero estábamos equivocados. No fue por Sus pecados, sino por los nuestros. El verso 5 lo repite cuatro veces:

  • Herido por nuestras transgresiones.
  • Molido por nuestras iniquidades.
  • El castigo por nuestra paz fue sobre Él.
  • Por sus heridas hemos sido sanados.

El lenguaje usado no permite una mejor manera para describir un sacrificio expiatorio de sustitución. Tenemos la más explícita presentación de sustitución penal expiatoria en todo el Antiguo Testamento y quizás en toda la Escritura: Él tomó nuestro lugar y por causa de nuestros pecados fue castigado; como resultado tenemos eterna paz y salvación. Nosotros pecamos, pero no fuimos heridos, sino Él. Él sufrió nuestro dolor. Nosotros le dimos la espalda a Dios y como ovejas nos descarriamos, pero para nuestro asombro el Señor tomó todas nuestras iniquidades y las cargó sobre Él.

Ciertamente Él fue oprimido y afligido, pero «no abrió Su boca» (Is 53:7). No se defendió, ni huyó del dolor. Su asombrosa conducta es comparada con la de un cordero que en silencio es llevado al matadero. Es una metáfora que dice que el Siervo de Dios es el excelso «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29).

Por medio de cargar sobre Sí nuestro pecado y castigo, Dios le ha exaltado como Rey supremo y ha provisto para nosotros eterna salvación

Como parte de Su opresión, fue juzgado injustamente y condenado por una generación indiferente a la realidad de que fue castigado hasta la muerte en sustitución por «la rebelión de Su pueblo» (Is 53:8 RV60). No entendieron, no les importó y, considerándolo criminal, hasta dispusieron darle sepultura de hombre malvado que según las costumbres era en una fosa común. Pero no sucedió así, sino que fue sepultado como un rico. Ese pequeño detalle es relevante porque este Siervo «no hizo ningún mal» (Is 53:9) y fue inocente ante Dios de todos los cargos en Su contra. En otras palabras, como evidencia del favor divino, Dios intervino en contra de las intenciones humanas. Declaró histórica y universalmente la inocencia del Siervo, asegurándose de que su sepultura no fuera como la de un criminal, sino como la de un hombre rico.

La victoria del Siervo Sufriente

Detrás del Cordero inmolado estaba la voluntad de Dios, porque dice la Escritura: «quiso el Señor quebrantarle» (Is 53:10, cp. Is 46:10). Es evidente la premeditada intención detrás de los hechos, pero el quebrantamiento no es la meta, sino tan solo el medio. Porque por medio de la expiación Dios planificó lo siguiente:

1) Prosperar al Siervo con muchos hijos, riquezas y un triunfo victorioso;
2) dar eterna satisfacción al Siervo cuando viera al final la sonrisa de Dios; y
3) justificar a muchos y cargar con sus iniquidades (Is 53:11).

¡Cuán poderosa sustitución expiatoria! Por medio de cargar sobre Sí nuestro pecado y castigo, Dios le ha exaltado como Rey supremo y ha provisto para nosotros eterna salvación gloriosa en Él.

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Coalicion por el Evangelio
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