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¿Deben las mujeres predicar en nuestras iglesias?

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Este no es un artículo sobre los argumentos a favor del complementarianismo en lugar del egalitarismo. Eso es importante, por supuesto, pero este artículo es para los que se identifican como complementarios y se preguntan si su teología puede permitir, o debería permitir, que las mujeres prediquen.

Esta es la pregunta que quiero abordar:

¿Existe una justificación bíblica, teniendo presente las convicciones complementarianistas básicas, para la práctica de que las mujeres prediquen sermones en un culto dominical?

La mayoría de las personas que leen este artículo comprenden la relevancia inmediata de esta pregunta. No voy a enumerar los casos en los que se ha planteado esta pregunta ni a examinar las respuestas recientes en Internet. En cambio, voy a interactuar con lo que creo que es el mejor argumento, desde una perspectiva complementaria, para permitir que las mujeres prediquen. Primero, explicaré el argumento a favor de que las mujeres prediquen de la manera más justa posible. Luego, expondré las razones por las que el argumento —por muy plausible que pueda parecer al principio— no resulta convincente.

Escuchando su voz

El mejor argumento que he visto a favor de que las mujeres prediquen es el expuesto por el ministro y apologista australiano John Dickson en su libro Hearing Her Voice: A Biblical Invitation for Women to Preach [Escuchando su voz: una invitación bíblica para que las mujeres prediquen] (Zondervan, 2014). Con comentarios positivos de J. I. Packer, Craig Blomberg, Graham Cole y Chris Wright, uno puede ver por qué este ha sido un libro influyente. Incluso si no conoces el libro, estoy bastante seguro de que ha influenciado a personas que sí conoces. Además de los elogios de respetados eruditos evangélicos, el libro de Dickson es un modelo de claridad y accesibilidad. En poco más de cien páginas, Dickson argumenta de manera reflexiva y directa —como alguien que admite «ser un complementarianista amplio» (p. 88)— sobre la legitimidad de que las mujeres prediquen sermones en los servicios dominicales.

No es de extrañar que Dickson se centre en 1 Timoteo 2:12. Aunque la aplicación parece obvia para muchos de nosotros —a las mujeres no se les permite enseñar o ejercer autoridad, por lo que no deberían predicar sermones—, Dickson argumenta que hemos malinterpretado lo que Pablo quiso decir con enseñar. «En pocas palabras», escribe Dickson, «hay numerosos ministerios de hablar en público que se mencionan en el Nuevo Testamento —enseñar, exhortar, evangelizar, profetizar, leer, etc.— y Pablo restringe solamente uno de estos a los varones calificados: “enseñar”» (pp. 11-12).

En el corazón del argumento de Dickson hay un silogismo sencillo, que podemos resumir así:

  1. Lo único que las mujeres no pueden hacer en el culto es enseñar.
  2. Pablo veía la enseñanza como una actividad técnica y de concepción estrecha que no es lo mismo que nuestro sermón moderno.
  3. Por lo tanto, las mujeres pueden hablar de casi todas las maneras en un servicio de la iglesia, incluyendo la predicación del sermón.

Entonces, si predicar un sermón no cuenta como enseñanza, ¿qué quería decir Pablo con enseñar? Dickson explica:

1 Timoteo 2:12 no se refiere a un tipo general de discurso basado en la Escritura. Más bien se refiere a una actividad específica que se encuentra en todas las páginas del Nuevo Testamento, a saber, preservar y transmitir la tradición transmitida por los apóstoles. Esta actividad es diferente de la explicación y aplicación de un pasaje bíblico que se encuentra en el típico sermón expositivo de hoy (p. 12).

Dickson argumenta a favor de esta conclusión preliminar en cuatro partes.

Primera parte. En la Biblia se mencionan diferentes tipos de discurso: profetizar, evangelizar, leer, exhortar, enseñar, etc. Sabemos, por algunos textos (1 Co 12:28, 1 Co 14, Ro 12:4-8, 1 Ti 4:13) que Pablo no trataba estos ministerios orales como idénticos. Solo uno de estos tipos de expresión oral —la actividad de enseñar— está limitado a los hombres (p. 27).

Segunda parte. En el mundo antiguo, y específicamente para Pablo, enseñar (didasko) era un término técnico para transmitir una tradición oral fija (pp. 34, 45). Enseñar no se refiere a exponer o explicar, sino a transmitir las palabras sin alterarlas (p. 33). Con el cierre del canon bíblico, no hay la misma necesidad de enseñar en este sentido técnico.

Tercera parte. Enseñar nunca significa explicar o aplicar un pasaje bíblico en el Nuevo Testamento (pp. 50, 54). Un maestro era alguien que transmitía cuidadosamente las tradiciones fijas o el conjunto de palabras apostólicas desde su fuente original a una nueva comunidad de fe (pp. 57, 59, 61). Algunos sermones contemporáneos pueden contener elementos de esta transmisión, pero no es la función típica de la exposición semanal (p. 64). Lo que consideramos un sermón se llama más bien exhortación (p. 65).

Cuarta parte. El depósito apostólico se encuentra ahora en las páginas del Nuevo Testamento. Ningún individuo está encargado de preservar y transmitir las tradiciones orales fijas sobre Jesús (pp. 72, 74). Nuestros predicadores pueden ser análogos a los antiguos maestros, pero no conservamos y transmitimos el depósito apostólico en el mismo grado, de la misma manera o con la misma autoridad (pp. 73, 75). El típico sermón en el que un predicador comenta la enseñanza de los apóstoles, nos exhorta a seguir esa enseñanza y luego la aplica, no es en sí mismo enseñanza. El sermón moderno es, dependiendo de su definición, más parecido a la profecía o a la exhortación, ambas permitidas a las mujeres (p. 75).

Del sí al no

Dickson incluye notas académicas al pie de página para exponer sus argumentos, así como advertencias y precisiones en el camino. Pero la esencia de su argumento es sorprendentemente simple: Enseñar no es lo que hacemos cuando predicamos un sermón. Solo la enseñanza está prohibida a las mujeres. Por lo tanto, las mujeres pueden predicar sermones en nuestras iglesias.

La tesis de Dickson me parece poco convincente por dos razones básicas. Creo que su visión de la enseñanza antigua es demasiado estrecha y su visión de la predicación contemporánea es excesivamente pobre. Permíteme desarrollar esta conclusión examinando la enseñanza desde diversos ángulos.

La enseñanza en la iglesia primitiva

La fortaleza del enfoque de Dickson es que señala acertadamente las diferentes palabras que se usan en el Nuevo Testamento. Es cierto que enseñar, exhortar, profetizar y leer no son idénticos. Sin embargo, su definición excesivamente técnica de «enseñar» no se ajusta a la evidencia o, en algunos casos, ni siquiera concuerda con el sentido común básico. Si «no permito que una mujer enseñe» puede significar «permito que una mujer predique porque predicar no implica enseñar» debemos estar empleando definiciones muy restrictivas de predicar y enseñar.

Más aún, tenemos que preguntarnos por qué esta lectura tan detallada se ha perdido en casi todos los comentaristas durante dos milenios. En una reveladora nota final en la última página del libro, Dickson reconoce: «No me cabe duda de que, con el tiempo, la palabra “enseñanza” en la iglesia primitiva pasó a significar la explicación y aplicación de las palabras escritas del Nuevo Testamento (y de toda la Biblia). Esa sería una línea de investigación interesante, pero no estoy seguro de que anule la evidencia de que en 1 Timoteo 2:12 Pablo tenía un significado diferente de este término importante» (104). Es una admisión reveladora. Pero invita a la pregunta: «Si “enseñar” en el mundo antiguo tenía claramente un significado limitado a repetir tradiciones orales, ¿por qué nadie parece recoger esta definición exclusivamente técnica?». No cabe duda de que la Biblia es nuestra autoridad final, pero cuando un argumento se basa tanto en el contexto del siglo I, cabría esperar que los primeros siglos de la iglesia reforzaran el argumento, no que lo debilitaran.

Por ejemplo, la Didajé. Este documento de finales del siglo I tiene mucho que decir sobre los maestros. Se supone que deben «enseñar todo lo que se acaba de mencionar» [en los primeros diez capítulos del libro] (11:1). Deben enseñar lo que está de acuerdo con el orden eclesiástico establecido en la Didajé (11:2). Es importante destacar que la Didajé asume la existencia de maestros itinerantes, apóstoles y profetas, de los que se dice que enseñan (didaskon) (11:10-11). Es revelador que «enseñar» sea un término lo suficientemente amplio como para incluir lo que hacen los profetas y otros oradores, por no hablar de la Didajé misma.

Aunque «enseñar» puede ciertamente incluir la transmisión de tradiciones orales sobre Jesús, no puede limitarse solo a eso. Como explica Hughes Oliphant Old: «la Didajé supone un cuerpo bastante grande de profetas, maestros, obispos y diáconos que se dedican a tiempo completo a su predicación y enseñanza» (The Reading and Preaching of the Scriptures [La lectura y predicación de las Escrituras], 1:256). Con maestros a tiempo completo y «una asamblea diaria de los santos, en la que se predicaba la Palabra», es difícil imaginar a estos diversos ministros dedicados a la «enseñanza» omitiendo firmemente la explicación de todos los textos bíblicos.

Por supuesto, los maestros verdaderos transmitían el depósito apostólico, pero esto no significa que se limitaran a repetir los dichos de Jesús. En la Didajé, se dice a los padres que enseñen (didaxeis) el temor del Señor a sus hijos (4:9). Al parecer, el autor no cree que la enseñanza se limite a una definición muy técnica. Tampoco cree que la predicación sea poco más que un comentario continuo más una aplicación. «Hijo mío, recordarás al que te habla la Palabra de Dios día y noche, y le honrarás como en el Señor, porque dondequiera que se hable de la majestad del Señor, allí está el Señor» (4:1). Según la Didajé, la enseñanza es más amplia que la transmisión de tradiciones orales y la predicación implica algo más que unas pocas palabras de exhortación.

La enseñanza en la sinagoga

Uno de los puntos clave en el argumento de Dickson es que la concepción paulina de la enseñanza tiene sus raíces en la práctica de los fariseos, quienes transmitían las tradiciones orales de sus padres (Mr 7:7). Al igual que los fariseos podían repetir los dichos de Hillel, el maestro del Nuevo Testamento podría repetir los dichos de Jesús. Según Dickson, el paralelo más cercano a la «enseñanza» del Nuevo Testamento es la transmisión de las tradiciones rabínicas que encontramos repetidas y apiladas en la Mishná (p. 39).

Esta es una línea de razonamiento importante para Dickson, una que repite varias veces (pp. 39, 73, 100-2). El problema del argumento es doble.

En primer lugar, aunque la Mishná recoge los dichos de los rabinos del siglo I y II, estos rabinos se veían a sí mismos explicando y aplicando la Torá. En otras palabras, aunque la Mishná sea nuestro ejemplo de «enseñanza», no hay una línea clara entre «tradición oral» y «explicación de textos».

En segundo lugar, el servicio de la sinagoga judía ofrece un paralelismo mucho mejor con los primeros servicios de culto cristiano que la Mishná. Después de todo, Pablo está hablando de la adoración corporativa en 1 Timoteo 2. Durante los siglos anteriores a la era cristiana, los judíos habían cultivado el arte de la predicación y le dieron un lugar privilegiado en el culto de la sinagoga. Según Old, «había un gran núcleo de hombres dedicados que habían entregado su vida al estudio de las Escrituras, y que se preparaban para predicar cuando los dirigentes de la sinagoga les invitaban a hacerlo» (The Reading and Preaching of the Scriptures [La lectura y la predicación de las Escrituras], 1:102). Tiene más sentido pensar que Pablo tenía en mente la tradición bien desarrollada de los hombres que hacían la exposición en el servicio de culto judío cuando prohíbe a las mujeres enseñar en 1 Timoteo 2:12, en lugar de la mera repetición de las tradiciones orales.

La enseñanza en el Antiguo Testamento

Además, este ministerio de enseñanza en la sinagoga tenía sus raíces en el Antiguo Testamento. Moisés enseñaba (didasko, LXX) al pueblo los estatutos y normas de Dios, repitiéndolos, sí, pero también explicándolos y aplicándolos (Dt 4:1-14). Los sacerdotes, al menos algunos de ellos, debían ser sacerdotes maestros (2 Cr 15:3), yendo por las ciudades de Judá enseñando (edidaskon, LXX) al pueblo el libro de la Ley (2 Cr 17:9). Esdras se propuso estudiar la Ley del Señor y enseñar (didaskein, LXX) sus estatutos y normas en Israel (Esd 7:10). Asimismo, Esdras y los levitas leían la Ley de Dios y enseñaban (edidasken, LXX) al pueblo para que pudiera entender la lectura (Neh 8:8).

Las prácticas descritas en Esdras y Nehemías dan todas las señales de estar ya bien establecidas. Hay textos, hay maestros, hay una congregación. Tenemos en miniatura los elementos más esenciales de los servicios de la sinagoga judía y los servicios cristianos que utilizarían el culto de la sinagoga como punto de partida. Es difícil imaginar que Pablo pretendía comunicar, y mucho menos que su audiencia entendiera, que cuando hablaba de «enseñanza» no tenía en mente nada del Antiguo Testamento o de la tradición judía y que solo pensaba en los fariseos que transmitían dichos orales. En cada uno de los casos del Antiguo Testamento mencionados, el maestro explica un texto escrito. Eso no significa que didasko deba implicar una exposición, pero la carga de la prueba recae en quienes afirman que ciertamente no significa eso.

La enseñanza en el Nuevo Testamento

Estoy de acuerdo con Dickson en que la prohibición de que las mujeres enseñen en 1 Timoteo 2:12 no debe tomarse en el sentido más amplio posible. Pablo no pretende prohibir a las mujeres que transmitan conocimientos a otra persona. Él se está enfocando en las formas apropiadas en el culto, no al tipo de enseñanza que encontramos de mujer a mujer (Tit 2) o de Priscila y Aquila a Apolos (Hch 18). Solo porque rechacemos la definición más amplia de la enseñanza no significa que la única opción sea la definición más estrecha. Dickson quiere que equiparemos «enseñanza» con la transmisión de la tradición oral. Ciertamente, eso formaba parte de la enseñanza en la época apostólica, pero en muchos de los lugares del Nuevo Testamento en los que se habla de la tradición apostólica nunca se menciona a didasko (1 Co 2:2; 3:10; 11:2; 11:23-26; 15:1-11; Gá 1:6-9; 1 Ts 4:1-2). En cambio, se habla de recibir, entregar o transmitir.

Un aspecto crucial es que el Sermón del Monte se etiqueta como «enseñanza» (Mt 7:28-29). Según Dickson, el Sermón del Monte es «enseñanza» porque Jesús está corrigiendo la tradición de los escribas y transmitiendo sus propias tradiciones autoritativas. Lo que Jesús no hace es exponer un texto (54). Por supuesto, Dickson tiene razón en lo que hace Jesús. Sin embargo, se equivoca al afirmar lo que Jesús no hace. El Sermón del Monte está lleno de alusiones, paralelos y explicaciones del Antiguo Testamento. No hay que afirmar que Jesús está dando un sermón moderno como podríamos hacerlo nosotros. El punto no es que «enseñar» en todas partes del Nuevo Testamento signifique «exponer», sino que las dos ideas no pueden separarse con claridad.

Jesús era reconocido por muchos como «rabí», un título informal que significa «maestro». Como maestro, Jesús citaba o explicaba con frecuencia las Escrituras del Antiguo Testamento. De hecho, Old argumenta que las enseñanzas de Jesús en los atrios del templo al final de su ministerio pretendían mostrar a Jesús como el cumplimiento del oficio rabínico. En Mateo 21-23 vemos que las diferentes escuelas de la época —herodianos, fariseos, saduceos— acuden a Jesús con sus preguntas sobre la Ley, y Jesús las responde todas (1:106). Al resolver sus enigmas y salir de sus trampas, Jesús se mostró como el maestro supremo, el rabino de todos los rabinos. En esta demostración, explicaba e interpretaba constantemente las Escrituras. La concepción judía del primer siglo de la enseñanza no debe separarse de la interpretación juiciosa de los textos inspirados ni puede limitarse a «transmitir tradiciones orales».

La enseñanza en las epístolas pastorales

Pero ¿y si —a pesar del trasfondo del Antiguo Testamento, el trasfondo de la sinagoga, el uso de «enseñanza» en el Sermón del Monte y la comprensión más amplia de maestro en la iglesia primitiva— Pablo opta por utilizar una definición muy estrecha de enseñanza en las epístolas pastorales? Tras examinar todos los usos de «enseñar» en las epístolas pastorales, Dickson concluye que «enseñar», como verbo y sustantivo, no se refiere a la exposición bíblica, sino a las palabras apostólicas establecidas para las iglesias (p. 59). Sencillamente, «enseñar» no significa hacer exégesis y aplicar; significa repetir y establecer (pp. 64-65). La «enseñanza» paulina nunca fue (palabra de Dickson, énfasis mío) exposición en el sentido contemporáneo (p. 74). Independientemente de lo que la enseñanza pueda implicar en otros lugares, según Dickson, para Pablo solo significaba transmitir tradición oral.

Dickson tiene razón en que «enseñanza» en las epístolas pastorales tiene que ver con la transmisión del buen depósito de la verdad apostólica sobre Jesús. El estudioso complementarista conservador Bill Mounce, por ejemplo, no tiene problema en afirmar que 1 Timoteo 2:12 tiene que ver con «la transmisión autorizada y pública de la tradición sobre Cristo y las Escrituras» o que implica «la preservación y transmisión de la tradición cristiana» (Pastoral Epistles [Epístolas pastorales], 126). Pero nótese que Mounce no reduce la tradición cristiana solo a los dichos orales, excluyendo la explicación de las Escrituras. Del mismo modo, el Diccionario teológico del Nuevo Testamento (TDNT por sus siglas en inglés) sostiene que didaskein «está estrechamente ligado a la Escritura incluso en el Nuevo Testamento» (p. 146). Más adelante, el TDNT afirma que incluso en las epístolas pastorales «la conexión histórica entre la Escritura y la didaskein sigue intacta» (p. 147).

Ciertamente, esto es correcto. ¿Realmente pensamos que cuando Pablo insistió en que los ancianos fueran aptos para enseñar, esto no se refería al manejo de las Escrituras o a la correcta división de la palabra de verdad (2 Ti 2:15)? La enseñanza debe ser más amplia que la transmisión de tradiciones orales, pues ¿de qué otra manera podría Pablo decir a las mujeres mayores «que enseñen lo que es bueno» (kalodidaskalo) a las mujeres más jóvenes? Consideremos también cuando Pablo dice a Timoteo que se dedique a la lectura pública de la Escritura, a la exhortación y a la enseñanza (1 Ti 4:13). Por supuesto, no son tareas idénticas, pero según la interpretación de Dickson, Timoteo debía leer las Escrituras, exhortar a partir de las Escrituras y, a continuación, establecer el depósito apostólico sin exponer ninguna de las Escrituras que acababa de leer.

De manera similar, Dickson argumenta que cuando Pablo dice que toda la Escritura es útil para enseñar, quiere decir que Timoteo leería la Escritura en privado para poder estar mejor equipado para transmitir públicamente el buen depósito, pero de nuevo, sin exponer un pasaje bíblico (pp. 52-53). Si esto es correcto, entonces Pablo nunca quiso que los maestros explicaran los versículos bíblicos al reprender, corregir o instruir. La Biblia puede informar de estas tareas, pero nunca implica exposición de ningún tipo (p. 57). Esto lleva a la credulidad hasta el punto de ruptura. Mira la predicación en Hechos. Difícilmente se transmitió el buen depósito sin que no explicara también las Escrituras. En 1 Corintios 15, donde Pablo transmite explícitamente lo que él también recibió, el mensaje no es la mera repetición de fórmulas verbales, sino la tradición apostólica de que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras y que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras. No hay que equiparar la didasko con un sermón de tres puntos para ver que la transmisión del depósito apostólico apenas puede hacerse al margen de las referencias bíblicas y la exposición.

La enseñanza en el sermón de hoy

Si la definición de Dickson de la enseñanza antigua es demasiado estrecha, su comprensión de la predicación contemporánea está demasiado empobrecida. Según Dickson, el sermón es esencialmente un comentario continuo más una aplicación. Confieso que tengo una visión muy diferente de lo que implica la predicación, no porque la predicación sea menos que la exposición y la aplicación, sino porque es mucho más. El predicador es un kerux, un heraldo (2 Ti 1:11). Por supuesto, no predicamos con la autoridad de un apóstol, pero los hombres aptos llamados a predicar sí transmiten el depósito apostólico y deben predicar con autoridad. ¿Por qué, entonces, mandaría Pablo a Timoteo —con un lenguaje tan dramático y con exhortaciones tan severas— que predicara la palabra; que amonestara, reprendiera y exhortara, con toda paciencia y enseñanza (2 Ti 4:1-2)?

Al final, creo que el enfoque de Dickson no solo es poco convincente desde el punto de vista histórico y exegético, sino que es prácticamente inviable, al menos para los complementarianistas. Los egalitarianistas afirmarán la predicación de las mujeres por todo tipo de razones. Pero los complementarianistas que traten de hilar fino y argumentar que «este mensaje del domingo por la mañana es un intercambio, no un sermón», o «esta mujer que predica está bajo la autoridad de los ancianos», se encontrarán con que sus argumentos para no dejar que las mujeres prediquen todo el tiempo y de cualquier manera parecen excesivamente arbitrarios.

En varios puntos, Dickson admite que parte de la predicación actual puede implicar enseñanza y que los diferentes tipos de discurso en el Nuevo Testamento probablemente se sobreponían.

  • «No estoy sugiriendo que estas tres formas de discurso (enseñar, profetizar y exhortar) estén estrictamente separadas o que no haya una coincidencia significativa de contenido y función» (p. 24).
  • «Algunos sermones contemporáneos conllevan algo parecido a preservar y exponer con autoridad el depósito apostólico, pero no creo que esta sea la función típica de la exposición semanal» (p. 64).
  • «No me cabe duda de que Timoteo añadió a estas enseñanzas apostólicas sus propias apelaciones, explicaciones y aplicaciones, pero estos no son los elementos constitutivos o definitorios de una enseñanza. En ese punto, Timoteo estaría entrando en lo que se llama más apropiadamente “exhortación”» (p. 65).
  • «No estoy creando una distinción rígida entre la enseñanza y la exhortación, pero observo que, mientras que la enseñanza consiste principalmente en exponer algo de forma fija, la exhortación consiste principalmente en instar a la gente a obedecer y aplicar la verdad de Dios» (p. 65).
  • «No cabe duda de que había un grado de enseñanza en la exhortación y la profecía, al igual que había algo de exhortación (y quizá de profecía) en la enseñanza» (pp. 66-67).
  • «También creo que algo de transmisión del depósito apostólico se da todavía en todo sermón decente, en algunos más que en otros» (p. 79).

Con todos estos elementos de la predicación mezclados, ¿cómo podía esperar Pablo que Timoteo desenredara el hilo y supiera lo que no debía permitir a las mujeres? De igual manera, ¿cómo podemos discernir cuándo un sermón es solo una exhortación sin autoridad y cuándo pasa a ser una transmisión autoritativa del depósito apostólico? Tal vez sería mejor ver la «enseñanza» más o menos como lo que hace el predicador el domingo, en lugar de un término muy técnico que no tiene sentido en la iglesia primitiva, la sinagoga judía, el ejemplo de Jesús o las instrucciones de Pablo.

El evento heráldico —sin importar la plataforma provista por el pastor o la cobertura dada por los ancianos— no puede ser separado de ejercer autoridad y enseñar, las dos cosas que no se les permite hacer a las mujeres en el servicio de adoración.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Source

Coalicion por el Evangelio
Coalicion por el Evangeliohttps://www.coalicionporelevangelio.org/
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