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El Dios de las ranitas, los artistas y los contadores | Reflexión

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Señor, te veo a menudo en los celajes espectaculares que colocas detrás de los volcanes que veo desde mi ruta, pero el otro día te vi en las ranitas de lluvia del desierto. Quisiera decir que encontré alguna, pero es mi hijo quien encuentra estas pequeñas maravillas en internet. ¡Me hiciste carcajear mucho! ¡Qué criaturas cómicas! Amo tu sentido del humor y cómo lo usas para construir puentes hasta mi corazón.

Tú amas crear por crear, y también amas creando.[1] Tú diseñaste esas ranitas para tu deleite y el mío. La redondez de su cuerpo, la forma de sus boquitas, el hecho de que no pueden saltar (ni tienen por qué), su tamañito y por supuesto… ¡el diminuto trasero tan bien demarcado! Es imposible dejar de mencionarlo. ¡Eres el genio máximo de la comedia y la ternura! Y nos comunicas que eres seguro para la gente que no piensa como la mayoría.

Tú eres el creador de esas ranitas y de gente como yo, que hace un gran aspaviento cuando finalmente las conoce. Eso no es coincidencia. Eres el refugio seguro de los que planeamos en servilleta, pensamos en escenas a colores, olvidamos citas y nunca pudimos entender cómo funciona Excel. Ninguna mente es un misterio para ti y nadie nace sin un regalo que ofrecer, aunque el mundo pareciera empeñado en decir lo opuesto. Nadie necesita explicarse contigo, todos se encuentran en ti. Gracias… es maravilloso saberlo y desistir de tratar de encajar en un mundo que parece cuadrado y no muy a menudo aprecia las ranitas de lluvia del desierto o a la gente artística que parece no indispensable.

Hace años salió una película de esas apocalípticas, en donde la trama llega al punto donde tenían que escoger a los mejores ejemplares del planeta para reconstruir la humanidad. Llevaban científicos, matemáticos, ingenieros y profesores, pero no llevaban cantores o pintores. Eso me dejó pensando. Un tiempito después, estudiando Diseño en la universidad, mis compañeras y yo nos reíamos de esa escena y de cómo nos dejarían fuera. Pero tú… Tú eres de los nuestros o, más bien, nosotros somos todos tuyos.[2] Tanto los que sueñan con números, como a los que nos provocan pesadillas, portamos tu imagen, te necesitamos y nos necesitamos.

Gracias por mezclarnos en este mundo roto que amas. Gracias por los contadores y coordinadores de eventos, inventores de motores y pintores de brocha gorda, los fotógrafos y los cronistas deportivos. Eres maravillosamente inescrutable en tu pensamiento y tu poder creativo nos rebasa. Gracias por romper nuestras categorías. Gracias por las ranitas de lluvia del desierto, gracias por los que las grabaron, por los que inventaron las cámaras y los genios que, como por arte de magia, hacen posible que mi hijo y yo nos riamos a carcajadas viéndolas en la palma de nuestras manos. Eres nuestro Dios, temible y todopoderoso, y perfectamente juguetón y tierno, todo al mismo tiempo.[3]

¡Te alabo!

[1] Gn 1:31.
[2] Sal 145:9.
[3] Sal 116:5.

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