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EL DIOS SANTO! – El Dios que adoramos es santo. Todo aquel que quiera servirle debe esforzarse por vivir en santidad.

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El Dios que adoramos es santo. Todo aquel que quiera servirle debe esforzarse por vivir en santidad.

Santidad significa ser moralmente perfecto, puro y apartado del pecado. Dios quería que, al igual que él, su pueblo fuera santo. Esta es la razón por la que lo sacó de la idolatría de Egipto y lo consagró para ser una nación singular entre las demás, dedicada a adorarle sólo a él y a vivir de manera especial. Este también es el motivo por el cual diseñó leyes y restricciones para ayudarles a mantenerse separados de la maldad de las naciones paganas que habrían de encontrar en Canaán.

Los creyentes también somos llamados a ser santos. Como el pueblo de Israel debemos mantenernos espiritualmente separados de la maldad del mundo, pues de igual manera que los hebreos nosotros nos relacionamos con personas no salvas cada día. Vivir en santidad no es una tarea fácil. Es sumamente complicado guardarse del pecado cuando nos encontramos inmersos en un ambiente de impiedad. Pero Dios no nos pide que lo intentemos en nuestras propias fuerzas, sino mediante el sacrificio de Cristo y la obra del Espíritu Santo.

1. LA SANTIDAD DE DIOS

Nota complementaria
Quizás la mejor manera de definir la santidad sea en función de la personalidad de Dios. La Biblia enseña claramente que la característica fundamental de Dios es la santidad. Es lo que Él dice de sí mismo: “Seréis, pues, santos porque yo soy santo”… “La santidad de Dios se convierte en una expresión de la perfección de su ser, que trasciende todo lo creado” (Stanley M. Horton. Teología sistemática, pág. 407).

El término hebreo qadash equivale a “santo”, “separado” “irreprochable”, señalando a la perfección del Altísi­mo, a su majestad, a su justicia y su oposición a todo pecado. Es una característica aplicable a todo lo que se pueda decir que el Señor es o hace. Se puede ver la santidad de Dios en dos aspectos: En primer lugar, resalta esa cualidad esencial que lo distingue de todo lo demás; es la majestad inefable que produce temor y asombro. Moisés expresó: ¿Quién como tú, magnífico en santidad..? (Exodo 15:11). El Señor está por encima de todo y de todos. Al recibir la ley, el pueblo de Israel recibió la orden de no acercarse al monte porque ahí estaría la gloria del Altísimo (Exodo 19). El velo frente al lugar santísimo que impedía observar el arca del pacto les recordaba también lo difícil de acercarse al Dios santo (Éxodo 26:33). Tal era la santidad del Todopoderoso que hacía exclamar: ¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo? (1 Samuel 6:20).

En segundo lugar, la santidad divina significa que él es perfecto y puro. Por tal motivo el Señor no puede tener comunión con el pecado y la maldad: Muy limpio eres de ojos para ver el mal, afirmó el profeta (Habacuc 1:13). El hombre en su condición pecadora no puede acercarse por tanto ante el Dios Santo (Salmos 5:4; Isaías 59:2).

Uno de los pasajes que describe de manera especial estos dos aspectos de la santidad de Dios es el que narra la visión que tuvo Isaías (Isaías 6:1-13). El profeta ve al Señor exaltado en su trono y era tan imponente que los bordes del vestido real llenaban el recinto.

Acompañaban al Eterno serafines. Estos seres celestiales, creados para habitar en la presencia divina, cubrían sus rostros y sus pies con reverencia delante del Santo de Israel. Se decían unos a otros: ¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos celestiales! ¡Toda la tierra está llena de su gloria! (6:3 NTV). Isaías se llena de terror al saber que está delante de Jehová. Si los serafines no son dignos de contemplar a la Deidad, mucho menos él: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos (6:5). Sólo una vida purificada del pecado puede pre­sentarse delante de Dios (6:7; Salmos 24:3, 4).

Nunca debemos olvidar que nuestro Dios es santo, y que él no deja impune los pecados. Por lo tanto, debemos vivir en total santidad. Los ojos de Jehová son muy puros y no apueba la maldad. Él no puede hacer injusticias. Mantengamos nuestra consagración y cada día rindámonos completamente a él.

II. LA DEMANDA DE SANTIDAD

Los dos conceptos anteriores, el de separación y el de la pureza moral del Señor están presentes también en su relación con los hombres. El Dios santo separó a su pueblo para sí y les mandó purificarse.

El autor sagrado del Pentateuco puntualiza la indicación directa de parte del Creador a su pueblo: Debes consagrarte y ser santo, porque yo soy santo (Levítico 11:44 NTV). Esta expresión aparece como un lema en todo el libro de Levítico (11:45; 19:2; 20:26). Dios quería enseñar a Israel a discernir entre lo santo y lo profano, entre lo limpio y lo impuro. El propósito del Altísimo era que la gente reconociera su compromiso como nación escogida de Jehová, en contraposición con el resto de los otros países. El Señor le detalla su vo­luntad a una congregación pecadora en la cual había inclinación a la desobediencia. Iban a vivir en medio de una sociedad y una cultura paganas, pero ellos deberían comportarse de tal forma que se identificaran como una comunidad santa. En medio de las distintas normas dictadas por Dios, en estas ocho letras (santidad) se encuentra la misma esencia de la ley.

Pues yo, el Señor, soy quien te sacó de la tierra de Egipto para ser tu Dios; por lo tanto, sé santo porque yo soy santo (11:45 NTV). La liberación del pueblo de la esclavitud egipcia se considera una realidad incuestionable. Jehová le recuerda a la gente que él fue quien los sacó de la opresión en que vivían con el fin de que las generaciones venideras lo reconocieran como su Dios. Todos los hebreos debían darse cuenta de que, de no haber sido por la bondad y la misericordia divinas, la nación entera seguiría bajo el yugo de Egipto. En consecuencia, el pueblo debía corresponder a tan grande favor rindiéndose por completo al Señor.

Los israelitas tenían que conducirse bajo el código de santidad. La pureza debía gobernar todos los as­pectos de la vida incluyendo la comida, la bebida y las actividades cotidianas. Al igual que ellos, nosotros debemos comprender que nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo y que es nuestra responsabilidad no contaminarnos con lo impuro. Hoy en día contamos con el auxilio de la Palabra de Dios, la cual nos orienta y nos ayuda a entender cuál es la voluntad del Creador. Si nos sometemos a los mandamientos divinos seremos capaces de discernir entre el bien y el mal, y nos libraremos de caer en tentación.

III. ALABANZA A LA SANTIDAD DE DIOS

Nota complementaria
La santidad de Dios es terriblemente aterradora para los pecadores, pero un consuelo maravilloso para los creyentes. Dios es perfecto en moral y está separado de la gente y del pecado. No tiene debilidades ni defec­tos. Para los pecadores, esto es aterrador debido a que todas sus deficiencias y maldades están al descubierto con la luz de su santidad. Dios no puede tolerar, pasar por alto, ni disculpar al pecado. Para los creyentes, la santidad de Dios les consuela porque… En la medida que creemos en él, somos santificados (ThomasNelson. Comentario de la Biblia Diario Vivir, págs. 804, 805).

El Salmo 99 podría titularse como ¡El himno de la realeza y la santidad de Jehová! El canto tiene tres estrofas, cada una de las cuales termina declarando que Jehová es santo (3, 5, 9).

Todas las naciones deben reconocer la gran verdad: ¡Él es santo! Las tres estrofas así lo muestran: (1) Ala­ben tu nombre grande y temible; él es santo (99:3), la alabanza se le otorga simplemente porque es Rey y es santo; (2) Exaltad aJehová nuestro Dios, y postraos ante el estrado de sus pies; él es santo (99:5), cuando nos arrodillamos y postramos ante el único que es merecedor de tal adoración estamos reconociendo su realeza y santidad; (3) Exaltad a Jehová nuestro Dios, y postraos ante su santo monte, porque Je­hová nuestro Dios es santo (,99:9). De nuevo se enfatiza la virtud divina, pero esta vez en forma personal. La triple referencia a la santidad de Dios nos recuerda los pasajes de Isaías 6:3 y Apocalipsis 4:8.

Cuando oramos y alabamos al Señor con este salmo afirmamos que el nombre de Dios sea glorificado y pedimos que el mundo sea transformado por la santidad divina. De la misma manera expresamos que el Al­tísimo es incomparable.

En nuestra liturgia no ha de faltar el reconocimiento a la santidad del Altísimo. Algunos de nuestros cantos dan testimonio de esta verdad, como aquel himno clásico de Reginald Heber:

Santo, santo, santo, Señor omnipotente: Siempre el labio mío loores te dará. Santo, santo, santo, te adoro reverente, Dios en tres personas, bendita Trinidad.

CONCLUSIÓN

Nuestra tarea es y seguirá siendo imitar a nuestro Dios en todo. Continuemos viviendo bajo el código de santi­dad. ¿Quién dijo que era fácil? Menos en los días en que vivimos, bajo frustraciones diarias, presiones sociales y preocupaciones. Sin embargo, contamos con la ayuda del Todopoderoso.

Necesitamos tener la visión de un Dios alto, sublime y santo, como el que la Biblia menciona, que nos da el poder para enfrentar toda problemática. La santificación que el obró en nosotros nos limpió del pecado y nos dio la bendición de ser libres para adorar y exaltar sólo al Creador.

Vivamos en completa consagración al Santísimo. Sirvámosle sólo a él. Testifiquemos a toda persona que nuestro Dios es santo y que sólo en él somos salvos.

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