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Biografia de SAMUEL MORRIS UNA LUZ EN LA OSCURIDAD conoce la vida e historia de este Misionero al Africa

Fecha:

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres… (Mat 5-16)

Samuel Morris fue un joven al que verdaderamente Dios llamó como misionero a los Estados Unidos, direc­tamente de África, donde también era conocido como el príncipe Kaboo.

Kaboo era el hijo del jefe de una tribu llamada Kru, ubicada entre los ríos Sestas y Grand Sisters en el te­rritorio de Liberia, en África. Era gente de gran altura, dedicados a la caza y a la pesca. Los Grebos eran una tribu vecina; éstos eran violentos y sanguinarios.

Liberia es la forma latina de la palabra “libertad”. Recibió este nombre cuando la nación llegó a ser el hogar de muchos esclavos que regresaron a África ante la abolición de la esclavitud en Norteamérica. En contraste con los habitantes del país, la mayoría de los que regresaron eran cristianos y habían aprendido a organizarse y desarrollar una cultura progresista, pero los grupos del interior seguían rigiéndose por el asesinato y la guerra. Kaboo nació en esa cultura cerca del año 1873.

I. LA ENEMISTAD ENTRE LOS KRU Y LOS GREBO

La enemistad entre los Kru y los Grebo era ancestral, las disputas habían crecido año tras año. Antes de que Kaboo naciera ambas tribus se dispusieron a hacer la paz. Se preparó un encuentro en territorio Grebo y los Kru enviaron 28 príncipes como embajadores para el encuentro. Las conversaciones se dieron y la comida transcurrió sin novedad. Todo parecía haber quedado resuelto, pero en el momento que los Kru se encontra­ban más confiados, los Grebos cayeron sobre todos los príncipes Kru y les dieron muerte. El único que logró escapar fue el padre de Kaboo.

Años más tarde, se desató una guerra más. Los Grebos atacaron la villa Kru. El joven Kaboo logró es­conderse en la copa de un árbol y desde ahí pudo contemplar a los guerreros de su pueblo ser asesinados o capturados.

El rey Kru, su comitiva y su familia habían logrado escapar atravesando el río. Kaboo se les unió más tarde, pero fueron alcanzados por sus enemigos. Los Grebos habían hecho tributarios a los Kru y cada luna nueva los buscaban para cobrarles. Los Kru habían sido saqueados y estaban empobrecidos, por lo que, al no tener con qué pagar, el jefe Grebo decidió llevar como rehén al príncipe Kaboo.

El príncipe fue apartado de su familia. El tiempo pasó y al no recibir el pago, los grebos decidieron vengarse y asesinar a Kaboo en la siguiente luna llena. Se preparó su muerte haciendo cavar un hoyo donde cupiera parado en una cruz, para ser enterrado vivo. Le pondrían un palo para mantener abierta su boca y lo cubrirían con miel para atraer a las hormigas que lo devorarían hasta el último pedacito. Kaboo no soportaba más el dolor por los constantes castigos. Cualquiera pensaría en escapar, Kaboo también lo pensaba, pero cómo hacerlo cuando pesadas vigas aprisionaban su cuello.

Kaboo ya no tenía miedo de morir; lo único que quería era un alivio a ese castigo. Era viernes por la noche, la luna llena brillaba sobre la selva. Kaboo levantó la cabeza lo mejor que pudo de la cruz donde lo habían colgado, mientras sus captores cavaban el hoyo. Kaboo miraba hacia la nada en su lenta y dolorosa agonía. Ya nada le importaba.

II- LIBERACIÓN MILAGROSA

De repente una luz brillante como un reflector cubrió a Kaboo en su cruz. Mientras un grito de horror inundó la selva. El jefe Grebo y sus hombres huyeron espantados de aquel lugar. Entonces Kaboo escuchó una voz: Levántate Kaboo, levántate y corre! Instantáneamente las cuerdas que rodeaban a Kaboo cayeron de sus ma­nos, e inesperadamente su cuerpo se llenó de fuerza y empezó a correr detrás de la luz que lo guiaba. No tenía idea de dónde venían la luz y la extraña voz, ni a dónde iba. No sabía nada de la ayuda de Dios

Este príncipe terrenal que había estado colgado en una cruz, no sabía que una vez el Príncipe celestial, Jesús, había sido azotado y muerto en un madero. Nadie le había dicho que este Príncipe se había levantado de la muerte y vive ahora para traer vida y salvación al mundo. La noche lo alcanzó, y encontró un árbol hueco donde pasó la noche. Al amanecer, completamente adolorido, se arrastró a un claro de agua. Como pudo llegó hasta la costa y ahí fue encontrado por un joven que había escapado de la tribu, su nombre era Locust. Él lo invitó a venir a una estación misionera, donde fue aceptado y recibió cama, comida, ropa nueva y enseñanza sobre cómo plantar la tierra.

Sin embargo, también observó actitudes extrañas para él. Supo que se trabajaba todos los días menos el domingo, y veía a la gente orar. Finalmente aceptó la invitación de asistir a la misión. Atravesaron las colinas y sus dudas se incrementaron. Todo le causó extrañeza en aquel lugar: los cantos, la ropa, las lecturas. La pri­mera vez no entendió casi nada, la traducción de la predicación era en otra lengua, así que empezó a aprender inglés. Su amigo Locust, le ayudaba en todo lo que podía. En las siguientes reuniones Kaboo fue aprendiendo más del Dios verdadero.

III. SU EXPERIENCIA DE SALVACIÓN

Por aquel tiempo, una nueva misionera llegó, la señorita Ana Knoll, de Fort Wayne, Indiana. La primera noche que predicó contó la historia de la conversión de Saulo. La historia era traducida fielmente y Kaboo estaba se­ guro de que ella estaba contando su historia. Mientras Saulo estaba viajando por el camino, algo muy extraño sucedió. Una luz brillante reposó sobre él, cayó al suelo ciego, y entonces escuchó una voz que le hablaba. ¡Era Jesús! La cara de Kaboo se iluminó, brincó de su asiento y grit¡ó Esa luz, esa voz! Eso me pasó a mí. Cuando me estaban azotando Jesús me salvó a mí. Lo que hizo por ese hombre Saulo, también lo hizo por mí.

La reunión terminó en medio de gran asombro y la señorita Knoll habló con Kaboo por medio de un intér­prete. Él le contó su historia y su testimonio la dejó sin aliento. La misionera tomó bajo su cuidado a este joven, enseñándole sobre la obra salvadora de Jesús. Pronto se dio cuenta de que aquella libertad recibida no lo libraba de su necesidad de ser salvo y de las secuelas que la violencia, el odio y la amargura habían dejado en su vida. Pero también supo que Dios proveyó un milagro para cada persona que creyera en él a través de la obra del Espíritu Santo. Una nueva vida en Cristo, con la presencia del Espíritu Santo, purifica el corazón y capacita para servir a Dios, y eso anheló desde esc momento. Por fin, una noche entregó su vida totalmente a Dios y experimentó su salvación. Su cuarto se iluminó y su gozo fue incontenible. Se bautizó y recibió un nuevo nombre: Samuel Morris.

IV. SU ANHELO DE CONOCER MÁS

Por dos años, mientras sembraba café y aprendía a pintar cercas, todos en la estación se dedicaron a contestar las numerosas preguntas de Sammy, hasta que ya no podían enseñarle más. Entonces se entrevistó con el di­rector de la misión, y éste le dijo que debía capacitarse, y esto sólo podría hacerlo en los Estados Unidos. Mien­tras oraba y trabajaba, otra misionera le habló todo lo que pudo sobre el Espíritu Santo,¡Sammy! —dijo ella—, te he enseñado todo lo que sé. Desearía enseñarte más pero no puedo—. Bueno—dijo él—,¿quién te enseñó a ti?— Stephen Merrit,—contestó ella.

La última pregunta del joven fue: ¿y dónde está él? La misionera le indicó que en Nueva York. Sammy se despidió, resuelto a encontrar al señor Merrit. Todos en la misión se alarmaron y trataron de desanimar al joven. Pero él estaba decidido, no podía vivir sin servir a Dios, y así se los hizo ver al contestarles con una expresión de su propio pueblo:No puedes sostener dos colas de vaca al mismo tiempo,y se marchó.

Sin saber lo que pasaría, se embarcó en un viaje largo y difícil hacia Nueva York. Su vida era tal en consa­gración, santidad y unción, que al empezar el viaje poca gente a bordo era cristiana, pero al terminar, no había en el barco un solo pagano. Después de seis meses llegaron a Nueva York y los marineros, que habían apren­dido a quererlo, al ver los harapos con que estaba vestido, decidieron poner remedio a su desnudez regalándole unas cuantas ropas. Al bajar del barco se dio a la tarea de encontrar a Stephen Merrit.

V. DE ÁFRICA A NUEVA YORK

La providencia de Dios lo hizo dirigirse con un vagabundo que había recibido ayuda de la misión de Stephen Merrit y éste ofreció llevarlo por un dólar; dólar que por supuesto Sammy no tenía. Cuando llegaron con el Señor Merrit, Sammy le dijo que había venido de África para aprender acerca del Espíritu Santo. El misionero le indicó que lo esperara en el anexo de la misión y pagó su deuda de un dólar. Recibió alimento junto con los mendigos de la ciudad y se quedó a escuchar la predicación. Cuando el orador terminó, pidió que contaran testimonios y Sammy corrió hacia el frente. Todos fueron impactados con su historia de cómo Dios lo había salvado sobrenaturalmente del martirio en la selva.

Cuando Merrit entró al anexo encontró a 20 hombres de rodillas, entregando sus vidas a Cristo en arrepenti­miento, después del testimonio e invitación de Sammy a orar. Merrit estaba asombrado. Este joven, que no tenía educación y había venido del continente pagano, había guiado a 20 personas a Cristo en su primera noche en los Estados Unidos. Tuvo que reconocer que Dios había enviado a Samuel Morris a los Estados Unidos.

Ese sería el tenor de la vida de Samuel Morris en Estados Unidos. Prácticamente no hubo lugar que visitara donde no se convirtieran personas al evangelio por su testimonio. Con tan sólo 18 años había viajado desde su tierra natal a un mundo desconocido, y aunque a veces deseaba regresar con los suyos, sabía que estaba cumpliendo la voluntad de Dios para su vida y con eso se fortalecía día a día.

Se matriculó en la Universidad Taylor en Fort Wayne, Indiana, y se dedicaba a predicar en las calles. Al mismo tiempo su vida y testimonio era un constante desafío para sus compañeros y maestros para vivir una vida consagrada a Dios. Para 1893, Indiana sufrió un invierno excepcionalmente frío, que afectó seriamente la salud de Morris, y que sorpresivamente para el mundo, a la corta edad de 20 años, lo llevó a la presencia del Señor, en un ataque de neumonía

CONCLUSION:

Miles de personas han sido impactadas por la vida de este príncipe africano que Dios usó para traer a los Estados Unidos un despertar espiritual que resultó en cientos de vidas entregadas a Dios y a la proclamación

del evangelio. Consagra tu vida al Señor; rinde tu presente y tu futuro. Cuantos años de vida te dé el Señor, conságralos a él en forma absoluta y él te usará para transformar tu generación

fuente: jóvenes que cambiaron al mundo libro eccad leccion – 19
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