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David Livingston, el EL MÉDICO MISIONERO conoce su vida y parte de su legado (Biografia pastoral)

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Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación,y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león (2 Timoteo 4:17).

David Livingstone nació en Escocia en el año de 1813. Sus padres fueron personas piadosas que siempre le contaron sobre las ocho generaciones de creyentes en la historia de la familia, infundiéndole un profundo temor a Dios.

En el hogar de David había una pobreza terrible, por lo que a los diez años empezó trabajar en una fábrica de tejidos para ayudar al sostenimiento familiar. ¿En qué habrías usado tu primer sueldo? David Livingstone empleó gran parte de su salario en comprar una gramática del latín. Es impresionante ver que a pesar de su corta edad, David ya tenía un sueño, una visión, y estaba dispuesto a vivir o morir por ella. Entraba a trabajar a las seis de la mañana, tomaba un receso para el café o almuerzo, salía a las ocho de la noche y corría a la escuela nocturna. Al salir de la escuela llegaba a su casa a estudiar las lecciones hasta que su mamá le obli­gaba a irse a la cama. Otra de las actividades que David amaba era aprovechar los días de descanso en largos recorridos, explorando la naturaleza, en especial le agradaba estudiar la botánica y la geología.

I DAVID Y SU PREPARACIÓN ACADÉMICA

¿Se puede engrandecer el reino de Dios con la profesión secular? Junto con su creciente interés por el estudio, David desarrollaba una genuina vida de santidad que lo caracterizó desde muy temprano. Motivado por los testimonios de misioneros, a los 16 años comenzó a orar por un misionero que servían en China. A los 19 años fue promovido en la fábrica para un mejor puesto, y como nunca suspendió sus estudios, consiguió terminar su carrera recibiendo el diploma de Licenciado en la Facultad de Medicina y Cirugía de Glasgow

En todos esos años de estudio, su anhelo siempre fue ir a la China. Sin embargo, por esa época se había desen­cadenado una guerra en ese país, por lo que parecía que su anhelo de ser misionero no se realizaría. Luego, en una reunión misionera a la que asistió, tuvo la oportunidad de escuchar a Roberto Moffat, célebre misionero que había pasado su vida en África. Impactado por su mensaje y conmovido al oír hablar de tantas aldeas que permanecían todavía sin el evangelio, David respondió, iré inmediatamente para el África

II. EMPRENDE SU VIAJE AL ÁFRICA

El día 17 de noviembre de 1840, a las cinco de la mañana, la familia Livingstone se levantó para despedir a David. Al leer la Biblia tomaron como base los salmos 121 y 135. Las siguientes palabras quedaron impresas en su corazón, y lo fortalecieron para resistir el calor y los peligros durante los largos años que pasó después en el África: El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche… Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre. Después de orar, se despidió de su madre y de sus hermanas y viajó a pie con su padre que lo acompañó, hasta Glasgow. Después de despedirse el uno del otro, David se embarcó en el navío para no volver a ver nunca más, aquí en la tierra, el rostro de su padre.

El viaje desde Glasgow a Río de Janeiro y luego a ciudad del Cabo, en el África, duró tres meses. Pero Da­vid no desperdició su tiempo. El capitán se volvió su amigo íntimo y lo ayudó a preparar los cultos en los que David predicaba a los tripulantes del navío. El nuevo misionero aprovechó también la oportunidad de apren­der, a bordo, el uso del sextante y a saber exactamente la posición del barco, observando la luna y las estrellas. Este conocimiento le fue más tarde de incalculable valor para orientarse en sus viajes de evangelización y exploración en el inmenso interior desconocido. David apenas tenía 27 años.

Una vez que llegó a Ciudad del Cabo, tuvo que trasladarse a un lugar llamado Curumá, para encontrarse con el misionero Roberto Moffat. El camino de 1058 km lo hizo a tropezones en un carro de buey, en un viaje que duró dos meses. Una vez en el corazón de África, se dispuso a vivir entre los indígenas, escuchando sus historias, y leyendas de sus héroes, aprovechando la oportunidad para contarles las historias de la Biblia. Su antiguo interés por las especies de animales, plantas y terrenos pronto se hizo patente.

III. DESARROLLA SU MINISTERIO

En cierta ocasión escribió a un amigo que había descubierto 32 clases de raíces comestibles y 43 especies de árboles y arbustos frutales que se producían en el desierto sin ser cultivados. Acerca de su profesión, escribió a su padre: Tengo una clientela bien grande. Hay pacientes que caminan más de 330 km para recibir tratamiento médico. Esas personas, al regresar, envían a otras con el mismo fin. El primer centro de predicación que estable­ció fue en un lugar llamado Mabotsa que literalmente quiere decir Cena de Bodas. David oraba para que a través de un siervo tan débil como él, la gente encontrara la entrada para la Cena de las Bodas del Cordero.

Curumá fue un lugar muy significativo en la vida de David. Fue ahí donde tuvo su famoso encuentro con un león que casi le mata y que finalmente logró desgarrarle el hombro, que nunca sanó completamente. En Curumá también conoció a María, la hija de Roberto Moffat, con la cual se casó y tuvo seis hijos. Sin embar­go, el trabajo más destacado de David consiste en su disposición a entrar en tierras donde jamás había llegado el hombre blanco.

Esto tuvo dos efectos inmediatos. El primero, y más importante para David, fue lograr detectar las aldeas y tribus que habitaban aquellas tierras para que otros misioneros pudieran alcanzarlas con el mensaje del evangelio. Por supuesto, él mismo se ocupó de esta labor durante toda su vida, pero muchos más llegaron a los lugares que él descubrió. El otro resultado inmediato fue el gran beneficio que resultó para el mundo su labor como descubridor del centro de África, pues muchos creían que sólo existía un desierto enorme, pero él demostró que África era un continente lleno de vida.

IV. SUS VIAJES DE EXPLORACIÓN

Sus viajes de exploración empezaron debido a una terrible sequía que lo obligó a desplazarse a Chonuane y más tarde a Colobeng. La escasez de agua se acentuó y el 1 de julio de 1849, salió atravesando el desierto de Calari, llegando un mes después al lago Ngumi. Intentando ir más al interior de África, en 1851 descubrió uno de los ríos más importantes de África, el río Zambeze. Para entonces él y su familia estaban muy enfermos, y Dios puso los medios para que la familia pudiera volver a Inglaterra. Livingstone prefirió continuar buscan­ do la ruta más corta al centro de África. Su labor le valió un conocimiento muy preciso de la geografía del continente, descubriendo muchas cosas aparte de las rutas más rápidas, entre las que se cuentan las famosas cataratas que bautizó como Victoria, en honor de la reina de Inglaterra.

En 1857, después de 17 años, regresó a Inglaterra reconocido como gran descubridor y benefactor de la humanidad. Sin embargo, la gloria de la fama no lo detuvo mucho tiempo y un año después regresó con su familia a Curumá, de donde salió para hacer exploraciones y más puntos de evangelización. En 1862 su esposa lo acompañó en su viaje, pero tres meses después murió víctima de la fiebre.

V. EL TRÁFICO DE ESCLAVOS

Para 1866 enfrentó un problema diferente a la evangelización y descubrimiento de África: el tráfico de escla­vos. Él mismo se vio envuelto en fuertes presiones a causa de su rechazo hacia tal conducta de los pueblos occidentales, pues no sólo su nación, sino otras como Holanda, tenían profundos intereses esclavistas. Por esa causa le fue necesario regresar a Inglaterra. Aprovechó el tiempo que estuvo en su país para dar conferencias, cosa que motivó a mucha gente para empezar a orar por él y apoyarle económicamente.

Por tercera y última vez, David Livingstone se embarcó en Zanzíbar rumbo al África. Tenía 54 años. Ese viaje fue muy fecundo en cuanto a descubrimientos: los lagos Tangañica, Moero y Bangueolo fueron descu­biertos en esa expedición. Durante toda la travesía su vida estuvo permanentemente en peligro a causa de los traficantes blancos y los nativos que lo creían enemigo. Más de una vez luchó por demostrar que él los amaba y no deseaba esclavizarlos, sino darles el mensaje de libertad en Jesucristo. Bajo esas condiciones no fue nada fácil su labor, pero eso no lo amedrentó.

VI. SUS ULTIMOS DIAS

De no haber sido por su total confianza en el Señor y una vida de profunda oración, habría flaqueado muy pronto. Una de tantas veces, en un poblado llamado Maniuema se quedó solo y reportó en su soledad haberse refugiado en las Escrituras, al punto que las leyó completas cuatro veces. De Maniuema avanzó a Ujiji donde permaneció en una cabaña esperando cartas y provisiones. Nada llegó, más tarde supo que todas las provisio­nes habían sido robadas. Pobre, enfermo y abandonado, excepto por tres de sus fieles ayudantes, pensó que llegaba el fin. Pero Dios todavía no tenía esos planes. Por el mundo corría el rumor de que David Livingstone había muerto, pero nadie lo podía confirmar. Henry Stanley, del York Herald, presionado por la aguda duda de los lectores fue enviado a confirmar el rumor. Lo encontró justo a tiempo en Ujiji y cuidó de él hasta que pudo regresar a su labor.

Repuesto, se estableció con sus fieles compañeros y amigos nativos Susi, Chuman y Jaco, en los már­genes del Mililamo, en la aldea de Chitambo. Susi hizo una cabaña para proteger a David de las fuertes e incesantes lluvias que hacían mayores sus dolores y más difícil su caminar, hasta que, el 1 de mayo de 1873, su fiel amigo Susi lo encontró arrodillado al lado de su cama, muerto. ¡Fue un hombre de oración en vida y partió para el cielo orando! Su corazón fue enterrado en África, y su cuerpo fue llevado de Zanzíbar a Inglaterra, para ser enterrado en la abadía de Westminster donde, hasta la fecha, se le rinde reconocimiento y honor.

CONCLUSION

Se cuenta que en la multitud que permanecía en las aceras de las calles de Londres, el día en que el cortejo que llevaba el cuerpo de David Livingstone, había un viejo llorando amargamente. Al preguntarle por qué lloraba, respondió: Es porque Davicito y yo nacimos en la misma aldea, cursamos en el mismo colegio, asistimos a la misma escuela dominical y trabajamos en la misma máquina de hilar; pero Davicito se fue por aquel camino y yo por éste. Ahora él es honrado por la nación, mientras que yo soy despreciado, desconocido y deshonrado sin duda la enseñanza es que lo que decidamos en nuestra juventud marcará para siempre nuestra vida en esta tierra y en la eternidad.

fuente: libro de eccado – los jovenes que cambiaron el mundo

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Pastor: David Gamboa
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