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TESOROS EN VASOS DE BARRO Pbro Fernando Figueroa González

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S i debo marcar un referente o tesis en mi escrito, diría que las crisis son un llamado para recuperar la santidad. Pensando y repasando lo recién vivido en el Concilio de Veracruz quiero hacer mi aporte y comentario de manera franca y respetuosa.

Cuando me invitaron a escribir en este número y les comenté a mis superiores el propósito de mi artículo encontré en todo momento saludable criterio y amplia aceptación. Tuve la oportunidad de leer opiniones de otros consiervos vertidas en las redes sociales, lo cual me animó más a expresar en alguna oportunidad mi opinión al respecto. Por supuesto, no hay necesidad de mencionar nombres ni episodios en particular que pudieran dañar la dignidad o el honor personal o institucional. Pero considero que un análisis concienzudo del contexto general en el que se dieron los hechos es por demás enriquecedor, interesante y con profundo aspecto didáctico.

Cada expresión o acción es resultado de una concatenación de factores que aunque imperceptibles o abstractos son reales y manifiestan una realidad innegable. Fingir que algo no sucedió no es saludable. No se puede tapar el sol con un dedo. Prefiero que demos una respuesta equilibrada y en saludable perspectiva de lo ocurrido a que se guarde una imagen distorsionada y desalentadora.

Tenemos que entender lo acontecido a la luz de nuestra fe en la Palabra de Dios. El relato de Hechos 15 es sumamente aleccionador e instructivo. Todos conocemos la historia, las discusiones fueron álgidas y de voz fuerte. Dan cuenta de ello los versículos 2, 7 y 12. Había mucho en la mesa, los negocios eternos requieren destreza y sumo cuidado en su tratamiento. Observen cómo se condujeron los apóstoles ante la crisis del momento. Se abrió el debate y se escucharon las múltiples opiniones. No deben asustarnos los problemas, sino la ausencia de hombres espirituales que con amplio y profundo sentido pastoral velen por el rebaño de Dios. Veamos nuestros problemas como oportunidades para un milagro.

La presencia del Espíritu Santo guió a la iglesia en aquel momento de grandes decisiones. A ninguno nos agrada lo que Ananías y Safira hicieron. Estoy seguro que tampoco a la naciente iglesia primitiva le gustó. Pero la iglesia no se detuvo, y es sorprendente la forma como procesaron aquella crisis y siguieron adelante. Es importante resaltar el lugar que le dieron al evento del malvado matrimonio y cómo Dios fue juez justo en aquella situación. Nuestro enfoque de las crisis debe ser visto de forma global y no perder de vista que el Señor de la iglesia conoce los corazones.

El registro de la triste historia no opacó en lo más mínimo el brillo de la naciente comunidad.

La vocación de la iglesia es con mucho superior a los momentos obscuros por los que pueda pasar. La historia de la iglesia es complicada y no siempre en bonanza. Tuvo altas y bajas a lo largo de los siglos. En alguna época la iglesia llegó a su punto más bajo, pero Dios levantaba grandes hombres para que la hicieran volver a su propósito principal. En los momentos de obscuridad la luz de Jesucristo brilla más. ¿Cuál debe ser nuestra respuesta cuando las personas señalan los conflictos como algo relevante y los entristece o confunde? No debemos quedarnos callados y hemos de responder con meridiana claridad dentro de una perspectiva cristiana que atestigua la grandeza de Cristo sobre una iglesia en proceso de construcción.

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En medio de una iglesia imperfecta el Espíritu Santo hace una obra perfecta. Cristo no está ausente o inactivo cuando la iglesia se estremece por conflictos eclesiásticos. No dependemos únicamente de reglamentos o tradiciones, si así fuera estaríamos perdidos. Dependemos de Dios y de su poder que nutren la iglesia y la guían en medio de la tormenta. Es cierto, todas las crisis que afronta la iglesia encienden las alarmas que indican que la santidad de los miembros está en problemas. La santidad es crucial porque es el vínculo que nos conecta con el Señor. Los desacuerdos o desencuentros no deben ser justificación para resaltar las debilidades de la comunidad, menos para alejarnos de ella. Todos tenemos el compromiso de dar testimonio vivo de lo que somos como hijos de Dios. Estos son tiempos difíciles para la iglesia. Este es un tiempo crítico pero a la vez maravilloso cuando Dios nos necesita para que demos evidencia de su poder. Somos sólo unos vasos de barro que deben estar llenos de la gloria divina. En los tiempos difíciles de la iglesia los verdaderos hombres y mujeres del Altísimo deben dar muestra de su madurez y dependencia divina. Donde hay división sembrar unidad, ante la discordia bendecir y frente a la insidia resaltar la lealtad y la amistad. Algunos pronostican que la iglesia va en declive o de plano sucumbió. A esto respondemos que la ella seguirá adelante porque está fundada sobre la roca que es Cristo, y él no permitirá jamás que su iglesia fracase. Napoleón engullía con sus ejércitos a muchos países de Europa con la intención de dominar el mundo.

Un día le dijo a un clérigo llamado Consalvi: Voy a destruir tu iglesia… el clérigo le respondió: No, no podrá, ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo. Cristo nunca permitirá que alguien destruya su iglesia. Mientras la barca era azotada por el mar embravecido, los discípulos clamaron al Señor y él aquietó la tempestad. Aquellos hombres ante semejante confrontación reconocieron algo extraordinario: “Somos hombres pecadores”.

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En la barca iban pecadores y el Redentor viajando juntos. El Maestro nunca permitirá que la barca se hunda. Este es un tiempo cuando todos necesitamos reforzar nuestra vida devocional y afianzar las estacas de la lealtad. Mientras militamos en la iglesia peregrina los problemas no cesarán ni los conflictos acabarán. El barro seguirá siendo barro imperfecto y quebradizo. Un vaso sin contenido nada vale. Visto así, a secas, el corazón desmaya y el horizonte es cruel. Pero gracias a Dios que en su soberana voluntad quiso poner su gloriosa presencia en nosotros cambiando totalmente el paradigma. Bendita gracia que realza el valor de los redimidos llevándonos a una dimensión de valor sublime. Los problemas no deben guiarnos hacia el suicidio espiritual ni debemos abdicar a nuestro amor y lealtad al Concilio. Ayúdanos Señor a edificar tu iglesia y ser instrumentos de unidad para que otros puedan encontrar la paz y la salvación que nosotros encontramos en ti. Jesús estará con nosotros como lo prometió, hasta el fin de los tiempos.

fuente: aviva 23 edición Abril 2017
Pbro. Fernando Figueroa González
Pbro. Fernando Figueroa Gonzálezhttps://pastorales.com/author/padreabraham20hotmail-com/
Ministro del Concilio de las Asambleas de Dios en México, Pastor, Lider nacional del DEC - Educación Cristiana, promotor de institutos bíblicos o seminarios teológicos. de buen corazon, siervo de Jesús y leal asambleista. (de los veteranos) (01-55) 3096.0223

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