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¿SON POCOS LOS QUE SE SALVAN? — Pbro Guillermo Rodríguez H.

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E l cuestionarse todas las cosas está en nuestra naturaleza humana. Es parte de nuestro proceso de racionalización y abstracción del conocimiento (hasta hay una edad que llamamos del por qué o del preguntón).

Pero el cuestionamiento por sí mismo no implica una modificación en lo que se enseña, se hace o el resultado que se obtiene.

Señor, ¿son pocos los que se salvan? (Lucas 13:23). Es la pregunta que en un momento dado alguien le hizo al Maestro. El versículo precedente nos da el contexto: Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando (Lucas 13:22). Dejando las motivaciones del interrogador aparte, quizá el planteamiento era para hacerlo reevaluar la estrategia que empleaba para enseñar acerca del reino de los cielos. La respuesta del Señor apeló a que su interlocutor se esforzara por entrar y enfatizó que aunque en el epicentro del evangelio (en Jerusalén) no muchos creyeran, sí lo harían del oriente y del occidente, del norte y del sur (Lucas 13:29). Antes ya le habían pedido disminuir el contenido de su predicación, que había resultado ofensiva para muchos de quienes se decían sus discípulos (Juan 6:66). Aún más, en su propia tierra y por la incredulidad de ellos, no hizo allí muchos milagros (Mateo 13:58). ¿Qué tenemos? Doctrina cuestionada, metodología cuestionada, resultados cuestionados.

Multicuestionado como lo fue, nuestro Señor Jesucristo tenía bien en claro lo que enseñaba, cómo lo hacía y qué respuesta esperaba. Por eso, aunque los fariseos habían deslizado la sospecha de que la fuente de su autoridad no provenía de Dios, la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante (Mateo 9:33).

La compasión lo motivaba. El desamparo y la dispersión del pueblo le caló hondo en el corazón. El tamaño del trabajo y la conciencia de su tiempo limitado le pudo mucho. Incluso, el anhelo de que sus esfuerzos fueran multiplicados por obreros esforzados, fieles y diligentes lo llevo a formular un pedido a sus discípulos: Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies (Mateo 9:38).

Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando…, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Mateo 9:35).

En ese contexto nuestro Señor Jesús fue un estratega de la fe. No hizo un trayecto al acaso sino a propósito. De principio a fin. En su viaje final a Jerusalén tomó la ruta del conquistador Josué: atravesó el Jordán y pasó por Jericó. El primer Josué en campaña militar, el postrer Jesús en campaña de salvación. Josué para poseer la tierra, Jesús para libertar a los cautivos del pecado y del dolor. Josué por las armas, Jesús por la fe.

<-869" class="gmedia-singlepic alignleft" title="542944 1264095416993422 8144538537774910979 N" /thumb/542944_1264095416993422_8144538537774910979_n.jpg" alt="542944 1264095416993422 8144538537774910979 N" width="400" height="300" />Cristo Jesús fue un proclamador de y un formador en la fe. No le bastó con predicar, debió enseñar, y debemos seguir haciendo discípulos. No multitudes anónimas sino creyentes comprometidos. No gente que abulte las estadísticas sino hermanos aquí y en la eternidad. El Maestro fue sanador de enfermedades y dolencias. La enfermedad del pecado y la enfermedad del cuerpo. El dolor en el alma y el dolor físico.

Aunque no somos poseedores volitivos del don de sanidad, el sanar sí está en el querer de la iglesia, pero es obra de gracia que nos fue otorgada como señal: sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán (Marcos 16:18). Es parte del ámbito divino que nos acompaña y distingue.

La adversidad no hizo mella en su ser. Los opositores nunca fueron enemigos formidables para la fe. Los vociferadores eran más bien imán que atraía a las multitudes a él. Las críticas de los religiosos sólo le acarrearon el afecto del pueblo. Ah, Cristo Jesús sin par, enséñanos de lo tuyo a cada día. Nunca necesitó de promotores de su imagen. Las alianzas políticas no estaban en su itinerario. El ser aclamado por las multitudes nunca fue su anhelo. Él quería predicar, enseñar y sanar, y se le fue la vida en ello. La vida suya que, como la semilla que se siembra en la tierra, murió para llevar un fruto tal, que hasta en este tiempo seguimos fieles y cumplidores de su santísima voluntad. Auxílienos la gracia divina para seguir empeñados en ello. Amén

fuente: aviva 2015 edición 15
Pbro. Guillermo Rodriguez Herrera
Pbro. Guillermo Rodriguez Herrera
Pastor y Líder nacional del Concilio de las Asambleas de DIos México, fue secretario general nacional por varios años y actualmente pastorea una iglesia en Chetumal Q.Roo junto a su distinguida esposa. Médico de profesión y escritor de libros de contenido pastoral.

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